Dr.(c). Washington Daniel Gorosito Pérez República Oriental del Uruguay / Eastern Republic of Uruguay

Nací en Montevideo, muy al sur del continente americano, en donde la naturaleza y el medioambiente están presentes en las denominaciones de origen. El nombre de mi ciudad posiblemente proviene de: «Monte ví eu», «Yo vi un monte». La exclamación de un vigía portugués al divisar el cerro de 132 metros. El nombre del país, Uruguay, en lengua guaraní significa «río de los pájaros»; una vez más la naturaleza presente, en este caso debido a las hermosas aves de mil colores.

Hace 30 años radico en México, que significa en náhuatl «el ombligo de la luna». Sí eso no es poesía, ¿qué es? La ciudad de Irapuato es mi lugar de residencia. En lengua tarasca significa: «Cerro que emerge de la llanura grande». Otra vez vivo en una ciudad cuya toponimia está marcada por una elevación de tierra aislada de menor altura que una montaña. México es el quinto país del planeta más rico en biodiversidad. Ese contacto con geografías, climas y especies tan diferentes ha marcado mi labor como docente universitario al impartir la asignatura de Desarrollo Sustentable y, como es obvio, gran parte de mi producción poética. Así surgió el poema Kolombrini Parakata (mariposas monarca en purépecha) las que cada año migran de Canadá a México, específicamente a su santuario en el Estado de Michoacán que por la tala clandestina, año a año, se reduce su superficie; lo mismo que nos está pasando a la especie humana. Y eso no es poesía.

Montevideo

A Mario Benedetti,
paisano
y compañero en el
exilio de las palabras.


Cuando anochece
es bella como ninguna.
En la madrugada
sus calles silenciosas,
casi vacías.
La brisa del Plata
nos trae historias de leyenda,
pálidas luces en el interior
de alguna casa.
Mi vista se pierde en el
fondo de la bahía
inconfundibles aromas
plateados y azules.
Montevideo;
estoy desterrado y sin
rostro,
como esos fantasmas
que entran con los ojos cerrados
en una ciudad perdida.


Escollera Sarandí
A Juan Carlos Onetti

Un domingo de julio,
llueve.
El viento iracundo y helado
rompe el silencio inaudito.
Montevideo,
ciudad mágica
entre el mar y el cielo.
La calle está sola,
rumores de ausencia
invaden el empedrado.
Surgen pedacitos de nostalgia
nada queda del ayer.
Quizás el viento recuerde algo.
Atrás quedaron voces…
El diluvio persiste.
Agua terca.
Lenta tristeza,
penetra en los poros
de la cotidianeidad.
Una piedra lanzada desde la escollera
despierta la brisa marina,
de aromas salobres.
Los botes
parecen piedras ondulantes,
que generan una atmósfera contemplativa.
En el horizonte,
los designios del destino.
Los mástiles del Calpean Star
rasgan el gris impertinente
de la tarde.



El poema es uno

Las palabras con su carga mágica
alimentan el lenguaje de las dudas,
dudas laberínticas, dinosáuricas.
Los paisajes se fragmentan,
el viento huye,
las hojas callan,
caen del árbol y lo olvidan.
La luna dormita en el charco
mientras mariposas nocturnas
se metamorfosean en un verso triste
de alitas multicolores.
Un parpadeo de luz de las estrellas
son palabras temblando,
la poesía hace lo suyo,
esperando, esperanzas.
Un rayo amarillo de una luna
que se despereza,
resalta la belleza de los diamantes
que brillan sobre las hojas
regalo de la helada.
Una coreografía se desoculta
el leve tatuaje de la aurora.
En el laberinto de versos,
el poema es uno.

© Washington Daniel Gorosito Pérez

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