Serie: «Ernesto Sábato y los remanentes de la post-modernidad» ©

La post-modernidad es un término que trata de delimitar la tendencia a desafiar aquellos principios de seudo seguridad y equilibrio que se proclamaban durante su «predecesora,» la llamada modernidad. Es un término que abraza el conjunto de ideas y teorías contradictorias que plantearon varios teóricos y pensadores a mediados de la pasada centuria.

En una serie de tres artículos, Héctor Manuel Gutiérrez enfoca la repercusión de las sentencias y predicciones del renombrado escritor argentino Ernesto Sábato, tal y como lo reflejan los «vasos comunicantes» de sus novelas y ensayos, ante la inminencia de los hechos que moldean la neo-definición de la sociedad contemporánea de principios del siglo XXI. Este es el primero de la serie.


Por Héctor Manuel Gutiérrez

 

Sábato: consagración en la ficción y marginación en la ensayística

La ciencia ha sido un compañero de viaje, durante un trecho, pero ha quedado atrás. Todavía, cuando nostálgicamente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza ajena de los vicios carnales.  Pronto desaparecerán de mi horizonte y sólo quedará el recuerdo.  Muchos pensarán que esta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana.

                                                    Sábato, Uno y el Universo.

Si incluir a Sábato entre los escritores más representativos de la época actual es tarea fácil, tratar de definirlo en su doble papel de novelista y ensayista resulta extremadamente difícil.  El número de estudios que se concentran en su trilogía (El túnel, Sobre héroes y tumbas, y Abaddón el exterminador) es considerable. El impacto que causó El túnel, su primera novela, mantuvo el interés y entusiasmo del lector por el tema psicopatológico que acosaba a su protagonista Juan Pablo Castel, y sus consiguientes desdoblamientos a través de la segunda y tercera novelas, estas últimas concebidas con un marcado tono filosófico.

EL TUNELUn rasgo que se mantiene a todo lo largo de la narrativa del escritor y, paralelamente, en su ensayística, es que se respira una intención inquisidora, un plan totalizador que busca una respuesta o salida al estado de cosas que el hombre mismo ha causado.  Es decir, sus novelas deben percibirse como un bloque creativo donde se proyecta la impresión interna de Sábato, como hombre y como intelectual que asume una determinada actitud ante su propia percepción del universo. Sus ensayos, por consiguiente, abordan lo situacional de la ficción, con un marcado aliento ontológico.  Aunque su formación no estuvo ligada al estudio profundo de la filosofía, condición que ha sido confirmada por el mismo Sábato, el autor siempre aborda de manera directa o indirecta el aspecto metafísico.  Este aspecto, más que carencia es acierto, ya que con ello se mantiene fiel a los requisitos del género. Como atributo adicional cabe aquí agregar que respeta y reconoce el legado de Montaigne al incluir el ensayo en la manifestación de su propia subjetividad, situación que quedó plasmada particularmente en su primera novela.[1]   Este recurso es herramienta obligada en su sondeo de una explicación ante la irracionalidad que le ofrece el mundo que le tocó vivir.  Así lo sugiere Esteban Polakovic:[2] “El punto de vista metafísico es quizá el único que permite conciliar la totalidad completa del hombre…: su ansia de Absoluto, la voluntad de poder, el impulso de la rebelión, la angustia ante la soledad y la muerte” (12).  Este es quizás el elemento más relevante que encontramos en su narrativa, y si ésta se encuentra entre las más importantes del siglo XX hispanoamericano, hay que agregar que el alcance multidimensional de la misma se empareja con una vida  por igual complicada y contradictoria. Ese emparejamiento se maneja muy bien en su obra novelesca, como manifiestan los bien documentados estudios críticos de Barrera López, Calabrese, Catania, Correa, Dellepiane, Lojo, Pageaux, para contar algunos.

Sin embargo, sus ensayos poco han incitado la  curiosidad de los que conocen su obra.  Inclusive en algunos casos este aspecto ha servido más bien para sentar las bases del intenso ataque crítico que con frecuencia se dirige al escritor.  Desde allí se ha cuestionado tanto la integridad política como la autenticidad del pensamiento del arte sabatiano.  Los embates se generan por diversas razones, en ocasiones justificadas y en otras infundadas.  Una razón dominante, por lo menos en los últimos años del siglo XX, es la falta de elementos estéticos y literarios en el tono conversacional que a veces le imparte a sus ensayos, a riesgo de ser tildado injustamente de simplista.  En realidad los ataques ponen en duda la capacidad de Sábato para profundizar en ciertos aspectos de tipo ideológico y de naturaleza filosófica, cualidad que no se cuestiona en su ficción.   En otras palabras, su empaque ensayístico no convence, porque no contiene la intencionalidad retozona y erudita de un Borges, ni la seriedad trascendente de un Martínez Estrada, a quienes muchos consideran los padres del ensayo argentino del siglo XX.

El concepto ensayo no es nuevo, si bien la palabra definidora dentro del contexto actual se debe a Montaigne. En ese sentido, el autor no se sale de los parámetros que indirectamente estableciera el pensador francés: al contrario, más bien encontramos sumisión a sus ideas genésicas, cuando justificamos el derecho de Sábato a que se le llame ensayo a su meditación sencilla y directa. Ya hemos señalado que el ensayo sabatiano, como compañero de su ficción, se proyecta simbióticamente elaborado en un fondo ontológico, donde convive con la intencionalidad estética, sin arrinconarse en ninguno de los extremos.  Cabe indicar que en muchos aspectos la voz inquisidora está muy cerca del “yo” definidor de Montaigne: una voz que interpela en el presente.  En su cultivo del género, Sábato establece de forma nítida y eficaz una dialéctica del pensamiento donde no sólo elucida sus indagaciones, sino que a menudo extrapola sus lecturas y alude a los contextos instaurados en la ficción, a menudo de forma sencilla y conversacional.  He ahí un dato que no han detectado los críticos, particularmente aquellos que ponen en duda la calidad y originalidad de  los ensayos  sabatianos[3].

Siempre ocupado por las exigencias de su carrera intelectual, Sábato no desperdicia oportunidades para expresar que su necesidad inherente de escribir, se fundamenta en un principio estético.  Por otro lado, el componente ontológico, omnipresente aún en las capas más oscuras de su fabulación, le sirve de base a su condición de artista.  Adorno, en sus disertaciones sobre la naturaleza metafísica del arte, a nuestro ver, le sirve de apoyo a Sábato cuando dice “el elemento estético permite a la razón filosófica superar la identidad impuesta por el idealismo, constituirse en dialéctica y pensar lo que no se puede pensar, lo concreto”.

OBRA COMPLETA DE SABATOEn esos dos elementos se fundamenta el ensayo sabatiano, género que se rige por la constitución compleja del pensamiento del autor, posible estigma que éste no se ha molestado en desmentir.  Algunos críticos, entre ellos Sebreli, Pia López y Korn, hasta identifican este detalle como una manipulación de mercadeo que nace de él mismo, en su contribución a la solidificación del mito que se ha creado alrededor de Sábato el hombre y Sábato el escritor.  Su figura acarrea además un cúmulo de profundas contradicciones que a la larga atraen al lector e intrigan a los críticos.  Para bien o para mal, los nuevos y constantes acercamientos a su vida y obra continúan demostrando que Sábato, además de ser un ente particularmente complejo, merita una nueva valoración que incluya sus ensayos como documentación de su trayectoria intelectual.  Entre los estudiosos que han tomado esa iniciativa, está Silvia Sauter (2005), quien exalta la singularidad sabatiana en mantener una perspectiva muy peculiar ante una sociedad encaminada en un rumbo incierto. No se podría esperar más complejidad de un estado general  donde la incertidumbre es protagonista, como ha sugerido el autor desde su primer libro.  Esta posición, enraizada en el momento clave en que rompe con la ciencia, va de acuerdo con lo que predica tanto en sus novelas como en sus ensayos: “vida  y obra se amalgaman en una búsqueda genuina de trascendencia en un siglo cuyas expectativas y valores progresivamente rebajados han convertido esta época en una de las más autodestructivas, fluctuantes y aceleradas en cuanto a sus descubrimientos, valores y creencias en la historia del mundo occidental judeo-cristiano.”[4]

Teniendo en cuenta esas aperturas, adentrémonos en algunos aspectos biográficos del escritor, trazado que asumiremos de manera cuasi cronológica en cada artículo de la investigación. Empecemos apuntando que Ernesto Sábato es hijo de emigrantes calabrenses que se establecieron en la Argentina al enterarse, como muchos otros compatriotas y vecinos, de las oportunidades de trabajo y posibilidades de crecimiento familiar que ofrecía aquel país joven. Su padre, Francesco Sabato,[5] analfabeto de carácter fuerte y de incansable actitud hacia el trabajo, tenía ya una larga trayectoria, otras experiencias, otros intentos migratorios, antes de echar raíces en América.[6] Como su condición económica así lo exigía, adoquinaba calles y entubaba arroyos a su llegada al nuevo mundo hacia finales del siglo XIX.  Ya a principios del XX creó un humilde molino harinero con el que pudo apenas sustentar a los hijos que se multiplicaban con los años. Don Francesco sufrió la penuria y explotación que acompañan a cualquier inmigrante en su adaptación y transformación en tierras extrañas.  Su temperamento y determinación ayudaron, junto a su esposa Giovanna Ferrari, a crear una familia rica en el número de hijos, aunque no en términos económicos. La familia Sábato fue una pequeña institución con fundamentos profundamente enraizados en claros preceptos de responsabilidad laboral y principios morales.  Doña Juana se menciona con frecuencia en los textos y conversaciones biográficas del escritor.  De ella dice “era una mujer excepcional, muy posesiva”. Mas la imagen del padre ocasionalmente se oscurece. No hubo una relación tan estrecha como la que quizás se entabló entre sus hermanos mayores, compañeros de labor en la obligada empresa de cimentar económicamente a los Sábato. Se dice que con el chico, quizás por circunstancias relacionadas con la muerte del primer Ernesto, el padre era parco y circunspecto.[7] Pese a que esta dolorosa circunstancia afecta permanentemente al escritor, reconoce con disimulado orgullo la particularidad de éste en el aspecto ético: “era un hombre de una sola pieza, una sola palabra. Jamás términos medios”, frase que en parte define la herencia paterna y con la cual se identifica, como hemos de ver. Por estas y otras casualidades íntimamente ligadas a su propia interioridad, Ernesto Sábato fue, admitidamente, un niño solitario, de un especial apego a la madre y como consecuencia, un hombre que creció lidiando con esos componentes existenciales que habrían de fomentar su personalidad, el modo de percibir el mundo, y la forma peculiar de expresarse como ser humano y como artista. La consciencia de convivir con la antinomia del choque de la ilusión con la realidad le llegó temprano: niñez solitaria, ausencia del cariño y atención del padre, problemas sicológicos producto de la experiencia migratoria, herencia de la nostalgia de tierras que nunca fueron, el impacto de la tradición/responsabilidad en los hermanos mayores.  Todo esto y más contribuye a la formación de una juventud gris, al albergue neurótico en los estudios, al acoso de “fantasmas”, la búsqueda inútil de ilusiones, en fin, un cúmulo de incidencias que afectan la mente del que en definitiva tendrá que confrontar la relevante disyuntiva hamletiana de dormir o luchar.

UNO Y EL UNIVERSOPodemos entonces señalar que el primer libro de ensayos que publicó el escritor argentino, Uno y el Universo (1945),[8] no sólo precede a su famosa trilogía, sino que anticipa claramente la presencia de esa su inquietud existencialista:

Se nos dice que este imperfecto Universo en que vivimos está formado por una única sustancia que se transmuta sin cesar, asumiendo transitoriamente la forma de árboles, criminales y montañas.  Como un artista insatisfecho que destruye siempre su obra, este proceso intenta copiar en Universo Fantástico, donde el movimiento no existe, un Universo donde está el Árbol, el Animal, la Justicia, Sócrates, y el Triángulo. (18)

Esta meditación contiene de una manera muy condensada parte de lo que será más tarde la poética de Sábato: la conciencia de renovarse, transformarse por medio de un proceso variado, multidimensional, donde estructuralmente la materia prima es la misma  y los componentes del cosmos, si difieren en concepto, son todos una misma substancia.  Como metáfora  viviente, el mismo sentido se aplica al rumbo que ha tomado su vida, al constatar, de acuerdo con sus propias limitaciones y conclusiones, que el mundo de la ciencia carece de importancia fuera del campo de las abstracciones:

De este modo, el mundo se ha ido transformando paulatinamente de un conjunto de piedras, pájaros, árboles, sonetos de Petrarca, cacerías de zorro y luchas electorales, en un conglomerado de sinusoides, logaritmos, letras griegas, triángulos y ondas de probabilidad.  Y lo que es peor: nada más que en eso.  Cualquier científico se negará a hacer consideraciones sobre lo que podría estar más allá de la mera estructura matemática.  (30)

Al visitar este texto, nos atrevemos a ubicar la preocupación sabatiana dentro de una dimensión casi escatológica. Aquí todavía no repercuten los conceptos de “bestialismo moderno” a que alude Berdyaeff en sus escritos. Tampoco palpamos la imaginería religiosa de Buber en el sentido de encontrar ese “algo” que va más allá de la consciencia de las cosas o del “tú” que, según sus explicaciones, complementa la coexistencia del espíritu y el Cosmos. Pero sí podemos encontrar un énfasis en el proceso de la abstracción, que es precisamente el blanco de sus inquisiciones, cuando le toca expresar sus sentimientos anti-ciencia. La epifanía que le trae su confrontación con en el mundo “matematizable” de la ciencia, mueve al autor hacia una dirección diametralmente opuesta. En su asociación con el  mundo de la racionalidad, éste le había sugerido la posibilidad de una respuesta al enorme cuestionamiento que su propia neurosis intelectual le había plantado, situado ya dentro de su abismo existencial. Irónicamente, este conflicto es en sí una abstracción, lo que confirma una vez más la naturaleza paradójica de los cuestionamientos sabatianos y existencialistas en general.

Volvamos a Uno y el Universo.  La subjetividad de la Ciencia radica en el juego ilusorio y docto que ofrece la conceptualización en un texto manipulador de intenciones elitistas que se regodea en fórmulas y soluciones. En este fragmento de un discurso joven,  palpamos el germen de una actitud que con el tiempo florecerá de manera intensa y en ocasiones violentas en los textos de Ernesto Sábato:

La ciencia estricta ––es decir, la ciencia matematizable –– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte y justicia, su angustia frente a la muerte.  Si el mundo matematizable fuera el único verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajes de la vigilia o la belleza de una fuga de Bach. O por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona[9] (30-31)

Aquí vemos la lucha del escritor por despojarse del esclavismo de la rigidez científica para abrazar de manera tajante aquella versión de la realidad, su realidad, que la irracionalidad benigna del sentimiento le ofrecía. El paso radical de lo científico a lo subjetivo existencial, lo demuestran sus exploraciones en la dimensión literaria, donde se destaca su inclinación al ensayo inquisidor en vez de al tratado científico o filosófico.  En plástica, disciplina colateral que también lo ocupa, notamos además incursiones siempre matizadas por el tono metafísico. Este aspecto categórico en la vida de Sábato lo resalta Mariana Petrea[10], al abordar el papel fundamental de la subjetividad en Sábato y, como consecuencia lógica, su desesperada y definitiva permanencia en el  mundo de las artes: “desde su título, en Uno y el universo, el tono existencial maraca el tránsito de una actividad científica a otra literaria. La visión caleidoscópica del libro replica la realidad fragmentada y denuncia la marcha hacia la in-autenticidad simbolizada por la imagen del abismo” (153).

Hay que sumergirse en el ensayo para entender la intensidad con que le acosan esos “monstruos” o “fantasmas” a que aluden los ensayos posteriores a su primer libro.  Estas conceptualizaciones, que tanto abundan en el abismo universal que sin duda comparte el escritor con otros pensadores contemporáneos, le persiguen de forma aguda y destructiva, como evidencia el texto sabatiano.  Con el tiempo esos espectros se han convertido en el fundamento de su planteamiento, el móvil de su espeluznante visión: “Cada día nos enteramos de que una nueva teoría, un nuevo modelo de universo acaba de ingresar en el vasto continente de nuestra ignorancia.  Y entonces sentimos que el desconocimiento y el desconcierto nos invaden por todos lados y que la ignorancia avanza hacia  un inmenso y terrible porvenir”  (Uno, 125).

De ahí el vigor con que presenta los argumentos de su ficción, en ocasiones forjados por un empuje que raya en la esquizofrenia. De ahí también su necesidad de pertrecharse de elementos defensivos ante el panorama fantasmagórico que le ofrece el estadio de la realidad moderna.  Así lo indica Riccardo Campa:[11]

Ernesto Sabato y Cuarentenas

En ocasión de la publicación de su CUARENTENAS [Authorhouse, marzo 2011], Gutiérrez participó en la 37.ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Planeó además visitar al escritor Ernesto Sábato, ya en estado frágil de salud, con el propósito de conocerlo y entregarle un ejemplar del libro en su casa de Santos Lugares. Sábato murió el 30 de abril, dentro del lapso en que se celebró la feria y el autor tuvo que conformarse con visitar la pequeña sala-homenaje al gran escritor y retratarse junto a una de las figuras en papel.

El enigma del mundo contemporáneo está constituido por su espectralidad, por su obvia incongruencia respecto de su improbable proyecto, modelo o paradigma. Todo lo que sucede en la escena del mundo parece descontado.  Si bien los progresos de la técnica abren continuamente mirillas o vorágines de maravilla, la curiosidad está como anestesiada por la falsa expectativa”. (18)

Y esa modificación de la curiosidad del Hombre, tradicionalmente modelada por la ciencia, se refleja desde temprano en el texto de Sábato.  En otras palabras, las frases de carácter analítico, y en el fondo moralizador, de Uno y el Universo, se adelantan al énfasis apocalíptico que luego impulsaría a sus novelas y el resto de sus ensayos.  Afortunadamente, ya se vislumbra entre los acercamientos más recientes al planteamiento sabatiano, la relación  simbiótica  novela/ensayo, como señala enfáticamente Sauter cuando  observa la dinámica que Sábato le impone a este matrimonio: “No es necesario examinar toda la vida contradictoria y la problemática de Sábato…para analizar su creación que habla por sí misma: sin embargo, la incidencia entre la vida y obra es característica del artista visionario, quien como Sábato la discierne en su ensayística y la vuelca en su ficción” (Sauter, 8).

Y efectivamente, como se sugiere en párrafos anteriores, esa complejidad, propia de los momentos por los que atraviesa la humanidad, define y conforma, contradice y des-estructura tanto la visión del autor como la época que le tocó vivir y desvivir.  En esto coinciden no pocos estudiosos de Sábato el artista y Sábato el hombre, entre ellos Polakovic, cuando afirma: “el escritor se hunde con todo su ser en la espantosa crisis contemporánea buscando desentrañar sus razones y torturándose para proponer remedios” (17).

Aquí, en una realidad fragmentada y pronta al pesimismo, en este debate en el que participa quizás como condena, se acomodan Sábato y su obra, a la vez fruto y reacción a esa fragmentación. Polakovic enumera entre otras cosas, los elementos de un entorno cuyo deterioro es evidente con sólo leer o escuchar las noticias del día. Tanto para el crítico como para muchos de nosotros, la crisis del mundo no es una metáfora, sino “una horrible realidad” que impacta la familia, donde la guerra y las drogas contribuyen a crear y mantener esa alienación a que constantemente alude Sábato en su ponderación y su intento totalizador. Justamente en esa cosmovisión fragmentada se perfila la novela totalizadora, medio idóneo para manifestar un afán de búsqueda que a la vez se afianza y niega en una ilusión utópica. Esa ofuscación es simultáneamente fin y principio de la inquietud del pensamiento.  En el caso particular de Sábato la configuración viene acompañada de manera extraña y simbiótica por el ensayo. Es decir, que la narrativa constituye uno, y no el exclusivo, de los componentes importantes de la visión y propósito del autor. Por lo tanto y en definitiva, ambos géneros han de estudiarse en conjunto. Si así lo hacemos, nos damos cuenta de que las elucidaciones de su ensayística, particularmente cuando hacen alusiones a sus novelas, nos ofrecen la oportunidad de digerir su inexplicable pero evidente dualidad, ejemplarizada por la existencia de la simbiosis a que aludimos más arriba: “Sábato es uno de los muy pocos novelistas que ha ido apoyando con ensayos su obra literaria. En efecto, ningún escritor escribió proporcionalmente tantos ensayos para ir dilucidando las ideas que moldean a los personajes de sus obras de ficción” (Polakovic, 24).

Pero más allá de la cosmogonía de su mundo novelesco, Sábato se manifiesta en un constante litigio intelectual que persigue una respuesta a las preguntas que el mundo de las fórmulas y las leyes no pudo refutar. Esa búsqueda se metaforiza  en su primer libro, que se estructura en breves planteamientos vehiculados en el análisis o simple observación del fenómeno del universo:

“El matemático y filósofo inglés A. N. Whitehead nos dice que la ciencia debe aprender de la poesía; cuando un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no manifiesta las fantasías de su ingenua concepción del mundo, sino los hechos concretos de la experiencia desnaturalizados por el análisis científico”. (Uno, 25)

La casa de Ernesto Sábato. Foto, cortesía de su hijo, Mario Sábato, para esta publicación.

La casa de Ernesto Sábato. Cortesía de su hijo, Mario Sábato, para esta publicación.

Como veremos más adelante, esta oposición ciencia-arte, matematización-ubjetivización, se instaura dentro del concepto de la “utopía y la distopía” a que hace alusión  el escritor Lucio Yudicello[12]. Yudicello ubica el surgimiento de esta lucha a partir del antropocentrismo renacentista o, de modo más específico, en los inicios de la Modernidad. A pesar del avance tecnológico que se ha logrado, esta demarcación histórico/cultural se extiende y proyecta más allá de nuestra breve contemporaneidad.  Esa proyección acarrea matices dramáticos y negativos, que le adjudican los pensadores en su tarea de definir la decadencia de la civilización, trabajo que precede a la civilización misma.  De manera que la preocupación por los “tiempos difíciles” ha tomado un nuevo giro y ahora es parte no sólo del mundo interior de los filósofos, sino también del corpus teórico que rige el canon actual.  Sábato en una etapa relativamente temprana de su desarrollo intelectual, insiste en estar consciente de esta crisis.  Dentro de la perspectiva de la obligada inclusión del ensayo en el estudio de la obra del escritor, y comparando a da Vinci con Sábato en lo que respecta al humanismo y a esa preocupación escatológica, dicen Sauter y Urbina al citar a Yudicello:

Si el primero asistió al comienzo de la modernidad, que cambiaría con sus abstracciones y su culto a la ciencia, el segundo asiste a su derrumbe, cuando la fe del desarrollo positivista ha resultado errada y la modernidad nos ha llevado a la deshumanización actual. (Sauter y Urbina, 35]

Salvando las distancias, la comparación es válida si se atiende a la idea planteada por Sábato, de que el desarrollo o regresión de la humanidad nos lleva a crear desde el abismo, la necesidad de un  punto sólido, una luz al final del túnel, llámese escape o utopía, que el cientificismo, el positivismo y el materialismo han precipitado:

La humanidad contemporánea está al descubierto: no tiene nuevos ideales sostenibles, no posee recursos suficientes para combatir los inveterados, no está en busca de un propósito regenerador que justifique su eficacia. Si bien carente de criterio, posee un alto régimen de productividad. (Sábato, 18)

Desde este vacío humano de la contemporaneidad se proyecta el discurso sabatiano, dentro y fuera de la ficción. El discurso lo encontramos enmarcado en los componentes definidores del cuándo y dónde, reitera Mariana Petrea al enfatizar el impacto dañino del avance científico en la actitud de Sábato.  El escritor, de acuerdo a esta crítica en particular, se ve afectado por la destrucción de un mundo prometido. Esta promesa se encierra en conceptos que definen y perpetúan épocas, movimientos, escuelas.  Como reacción a ese impacto, el autor propone investigar, con los medios que le ofrece su propia subjetividad, las causas de ese deterioro o rompimiento de la promesa.  Propone también eliminar esos peligros que el hombre mismo produjo con la alianza del racionalismo de la ciencia y la tecnología: “lo negativo del progreso científico le infunde terror, así que define la vida como un escenario limitado por el espacio y el tiempo. (Petrea en Sauter, 153)

En efecto, Sábato, víctima de sus propias inquisiciones e inseguridades, se hace eco de este conflicto que, por el planteamiento admitidamente paradójico, nos llega ceñido a un principio incontrolablemente dual. Y esa dualidad, con sus rasgos o momentos de soledad y esperanza, ceguera y claridad, epifanía y desvelo, esteticismo y eticidad, está enraizada en un peculiar sentido ontológico, presente desde sus principios, en la visión apocalíptica del pensador argentino. Visión no exclusiva de sus novelas, debemos agregar. Sugerimos que para una mejor y clara perspectiva de la misión sabatina, un acercamiento más especializado y profundo a sus libros de ensayo es una empresa obligada. Si así se hace, entonces, a la luz del impacto que el escritor ha  provocado en sus lectores a través de los años, nos percataremos de que la conquista de esa dualidad puede que se logre o no. Sin embargo, lo que verdaderamente conviene traer a la mesa de la dialéctica es su lucha por conquistar esa dualidad: el proceso por encima del logro, con y sin su ficción, con y sin sus ensayos.

LISTA DE REFERENCIAS

 

  • Bencivenga, Ermanno. The Discipline of Subjectivity: An Essay on Montaigne. Princeton: Princeton University Press, 2016
  • Campa, Riccardo.  “La comprensión como ficción”.Cuadernos Hispanoamericanos: Revista Mensual de CulturaHispánica 391-393(enero-marzo 1983): 7-34.
  • La ruinosa destreza de la memoria.   Buenos Aires, Editorial Celtia, 1991.
  • Heitsch, Dorothea B. Practising Reform in Montaigne’s Essais.
  • Leiden: Brill’s Studies in Intellectual History, 2000
  • Petrea, Mariana D.  Ernesto Sábato: la nada y la metafísica de la esperanza. Madrid: Ediciones Porrúa Turanzas, 1986.
  • Polakovic, Esteban. La clave para la obra de Ernesto Sábato.
  • Buenos Aires: Ediciones de la Universidad del Salvador, 1981.
  • Sábato, Ernesto. Abaddón el exterminador.Barcelona: Seix Barral, 1992.
  • Apologías y rechazos. Barcelona: Seix Barral, 1981.
  • “Anotaciones sobre la crisis occidental y la desmitificación.” Historia y diversidad de las culturas. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1984.
  •  Antes del fin. Barcelona: Seix Barral, 1999.
  • Claves políticas. Buenos Aires: Rodolfo Alonso Editor, 1971.
  • El escritor y sus fantasmas.Barcelona: Seix Barral, 1983.
  •  El túnel. Madrid: Ediciones Cátedra, 1979. . España en los diarios de mi vejez. Buenos Aires: Seix Barral, 2004.
  • Hombres y engranajes/Heterodoxia. Madrid: Alianza Editorial, 1980.
  •  Informe sobre ciegos: Edición de Marina Gálvez con un prefacio del Autor.  Madrid: Anaya & MarioMuchnik, 1994.
  • La cultura en la encrucijada nacional.Buenos aires: Editorial Sudamericana, 1976. .La Resistencia. Barcelona: Seix Barral, 2000.
  • La robotización del hombre y otras páginas. Buenos Aires Centro Editor de América Latina, 1981.
  • Uno y el Universo. Barcelona: Seix Barral, 1982.
  • Sábato oral. Mario Paoletti, ed.  Madrid: Ediciones Cultura Hispánica del Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1984.
  • Sobre héroes y tumbas. Barcelona: Seix Barral, 1996.
  • The writer in the catastrophe of our time.  Translated by Asa Zatz. Tulsa, Oklahoma: Council Oak Books, 1986. Sauter, Silvia.
  • Sábato: símbolo de un siglo: visiones y (re)visiones de su narrativa.Buenos Aires: Corregidor, 2005. Yurkievich, Saúl.
  • La movediza modernidad.Madrid: Santillana, 1996.

[1] Ermanno Bencivenga dice, aludiendo a Montaigne: “Do I exist?  Of course I do.  An unknown, almighty power could well annihilate the whole world around me (and perhaps already did), but there is something it cannot do: it cannot annihilate me so as I am a terrified expectator of its incinerating action, of so long as I wonder whether such and action has taken place or not.  My puzzlement, or my terror, is conclusive that I, at least, have not been incinerated yet”. The Discipline of Subjectivity, 2016.

[2] La clave para la obra de Ernesto Sábato, 1981.

[3] En Practicing Reform in Montaigne’s Essais (2000), Dorothea Heitsch alude al trabajo “De L’art de conferer” al señalar esta característica del ensayo de Montaigne, a la que Sábato, salvando las distancias, se aproxima: “It is this natural conversation that he opposes to the artifice of scholastic discourse.  The ideal lack of artifice is illustrated in the image of the chase or hunt, where the hunters follow their path in apparent disorder and without design, yet never lose sight of their prey.  In the context of the essay, the prey represents a notion of truth.  Since the search for truth is the ultimate end of human existence”, p. 30.

[4] Prólogo a Sábato: símbolo de un siglo, p. 8.

[5] Deletreado sin acento en italiano.

[6]  En realidad los Sabato eran de origen albanés.  Las primeras generaciones se habían asentado en Italia, también por razones económicas.

[7] El hermano que le precedía murió antes de que naciera el escritor.  Por razones de tradición, al nacer le pusieron el mismo nombre del hermanito ido a destiempo y al que nunca conoció.  Este importante hecho marcó para siempre la sensibilidad del autor.

[8] 1945. De aquí en adelante, Uno.

[9] La cultura en la encrucijada nacional, 1976.  De aquí en adelante, La cultura.

[10] “Del ¿Por qué? Al ¿Para quién?: Pasado, presente y futuro”: En Sábato: Símbolo de un siglo, 2005.

[11] La ruinosa destreza de la memoria, 1991.  De aquí en adelante, La ruinosa.

[12] Ernesto Sábato: el revés de la utopía, 1999.

Agradecimientos:

A Mario Sábato, por el permiso otorgado para publicar las fotografías del escritor Ernesto Sábato y de su casa.

Hector Manuel Gutierrez autor de CuarentenasSobre el autor:

La obra literaria de Héctor Manuel Gutiérrez, la forman, en buena parte, sus ensayos, aunque muchos de ellos permanecen inéditos. Ha realizado trabajos de investigación periodística y contribuido para revistas de arte y música tales como Latin Beat Magazine, Latino Stuff Review y Nagari.  Ha sido reportero independiente para los servicios de “Enfoque Nacional”, “Panorama Hispano” y “Latin American News Service” en la cadena radial National Public Radio [NPR]. Por tres décadas se ha dedicado a la enseñanza del castellano. Funge como lector oficial y consultor de la división Exámenes de Colocación Avanzada en Literatura y Cultura Hispánicas en College Board. Cursó estudios de lenguas romances y música en City University of New York [CUNY]. Obtuvo su maestría en español y doctorado en filosofía y letras hispánicas de la Universidad Internacional de la Florida [FIU].

Artículos Relacionados