Vicente Huidobro, en su obra mayor Altazor  pone en juego las virtudes del lenguaje metapoético. Aventura que comenzó en 1919 a dar sus primeras luces para concluir su labor en 1931,  lo que  demuestra que el tiempo no es problema del verdadero poeta, donde este se sumerge en el profundo sentido de las palabras, en percibir su peso, su valor, el sabor, color, textura, aroma de cada una de ellas.

Como bien se indica en Memoria chilena: “… se sitúa, junto con Residencia en la Tierra de Pablo Neruda, Trilce de César Vallejo, y Los gemidos de Pablo de Rokha (1918), dentro de las más altas cumbres de las vanguardias latinoamericanas de este lado de los Andes.”

Altazor se despliega en 7 cantos, construidos sobre la base de un viaje en paracaídas a través del lenguaje. Ya desde el título nos propone lo imposible como ejercicio de hacerlo posible a través de la creación de un vocablo que solo sería factible gracias a poner en movimiento los engranajes del lenguaje poético.

Alta,  proviene de alto. Y azor, comúnmente de halcón,  ave que alcanza alturas y velocidades en que despliega un vuelo magnífico. Además el nombre científico del Azor, accipeter gentilis, tiene como origen  dos palabras latinas que quieren decir entre otras cosas “veloz” y gentilis que es “noble” o “gentil”,  basta recordar que en la Edad Media solo las familias nobles podían practicar la cetrería. Entonces Altazor es uno que viene de las altas esferas del lenguaje en un vuelo veloz y cae hasta el silencio.

En el Prefacio de su poema, Huidobro, articula las virtudes del lenguaje en función creativa. No es de extrañar que ha seguido una estrategia de trabajo, porque al inicio del texto le precede  un retrato de él dibujado por Pablo Picasso inaugurando así Altazor, dándonos la clave de que es el poeta quien realiza este viaje de 12 años de producción y que se sigue recreando en sus lectores. 89 años hasta ahora de viajar entre nubes de lectores ávidos y encantados por la alta poesía.

Leamos entonces, “Nací a los treinta y tres años el día de la muerte de Cristo, nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor. Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.” Lo habitual asume en la palabras del texto inicial lo insólito, lo inesperado, “un mirar de pichón, de túnel y automóvil sentimental”. Es de notar que  Vicente tenía 26 años cuando inicia los primeros registros de este libro-poema en siete cantos, y a su término tenía 38 años, alejado de los 33 que menciona. Esto es, porque la literatura no tiene como obligación la Verdad, tan alabada desde la época de los griegos hasta los tiempos en que la cruel realidad de la Gran guerra rompe  esa obsesión filosófica impuesta al Arte, de la Razón como Verdad y que expulsa a los poetas de la República platónica, para dar paso a la realidad brutal y para la cual la única posibilidad que surge es la creación.

En el caso del Canto II se aproxima al Eros, con estos magistrales versos: “ Mujer el mundo está amueblado por tus ojos/ se hace más alto el cielo en tu presencia/ la tierra se prolonga de rosa en rosa/ el aire se prolonga de paloma en paloma”. Rosa y paloma no son la flor por la flor ni la paloma como mera ave a la que cantar por su belleza, ya agotada en la poesía, sino se transforman en expresiones de dimensión, de longitud, entonces las palabras asumen otra realidad donde el poeta les otorga su peso y valor. El lenguaje es profundamente connotativo.

Acompáñenme hacia los últimos  Cantos, donde el lenguaje se deconstruye y cada vez toma mayor consciencia de su incapacidad para  decir de lo real y parece acercarse irremediablemente hacia el silencio, donde lo creado es una melodía que nos toca las ondas del alma. En el Canto VI expresa: “Estallado corazón/ Montanario/ Campañoso/ Suenan perlas/ Llaman perlas.” Palabras alejadas se reúnen para formar nuevos vocablos carentes de significado donde queda tan solo su imagen acústica, el significante. ¿Será tal vez que cada lector sorprendido sea  quien venga a dotar del extrañado significado a todas ellas?

En el Canto VII, Huidobro está en tierra, después de su viaje en paracaídas, en la realidad desnuda, que es imposible nombrar, imposible de asir en términos de Nietszche. Dice Altazor: “Lalalí/ Io ia/ iiio/ Ai a i ai a iiii a ia”. Luego el silencio. El inicio de una página en blanco que se abre hacia el final que se torna en una invitación del poeta que declara de sí: “Soy yo Altazor/ Altazor/ encerrado en la jaula de su destino.” Dice en otra parte: “Poeta/ Anti poeta/ culto/ anti culto/ Animal  metafísico cargado de congojas/ Animal espontáneo directo sangrando sus problemas.”  

Este viaje a pesar de ir desde lo más alto hacia la tumba, no cesa, nos pasa la llave que abre mil puertas con sus versos, nos dice: “Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes…” “Un poema es una cosa que será. / Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.” Vicente Huidobro, 1931. La invitación está  con las puertas abiertas para acceder al mundo de la poesía de Vicente Huidobro.

Elgar Utreras Solano, poeta, académico de la Universidad Adventista de Chile.

REFERENCIA:

Vicente Huidobro, (2002), Altazor, o el viaje en paracaídas. (9a. ed.) Chile. Editorial Universitaria.

Helena. (2001-2020) Etimología de Azor [en línea] Recuperado el 25 de julio 2020 de  http://etimologias.dechile.net/?azor

Memoria chilena, biblioteca nacional de Chile, (2018) Altazor de Vicente Huidobro [en línea]. Recuperado el 25 de julio 2020 de http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-3288.html

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