AL SILENCIO, notas para recuperarse
AL SILENCIO
Gonzalo Rojas (Revista Pro-Arte, julio de 1949. Contra la muerte, 1964).
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera,
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Suele suceder que uno se encariña con determinadas creaciones; en este caso, me sucede con Al silencio, del poeta lebulense (chillanejo de adopción) Gonzalo Rojas, que es mi poema favorito dentro de su obra, ya que tiene una fuerza revelatoria que está presente en toda verdadera manifestación de arte, o más bien creación, pues inclina a nuestro ser hacia la entrada de una conversación íntima que se da entre el poeta, la obra y el lector, todo esto en un contexto dinámico. Por cierto, a mediados de la década de los 90, en su retorno después del exilio y su instalación de residencia definitiva en Chillán, tuve ocasión de manifestar al maestro mi preferencia por lo que, para mí, resulta ser una invitación a recuperarse desde la enajenación y el ruido: su poema Al silencio.
En variadas ocasiones, se ha señalado que este texto expresa un profundo sentido místico, aunque él haya indicado otro camino interpretativo al abordar el tema del silencio como una experiencia vital, dado que linda con obras que respiran un mismo aire, como es el caso de la poeta española Teresa de Ávila, quien, en sus palabras, dice en Oración:
Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta…
Tanto en estos versos de la Oración como en los de Al silencio, por ejemplo: “toda la cavidad de la hermosura / no bastaría para contenerte”, se presenta un sentido de contracción/completitud que se evidencia en esta estructura versal antitética, que nos obliga a preguntarnos: ¿qué es lo que se contrae para que pueda alcanzar la completitud? ¿Cómo es posible que el restringirse dé paso a experimentar la plenitud?
En nuestra vida actual, una de las mayores demandas que se refuerza en la publicidad y la propaganda es “ser feliz”. No obstante, este factor resulta uno de los grandes ruidos que moldean la vida de muchas personas, quienes llegan a perder el significado y el valor auténtico de vivir. Cuando se va bajo esta premisa, más bien eslogan social, termina esclavizando, coartando la libertad de experimentar que el dolor es una oportunidad de aprendizaje, crecimiento y adaptabilidad ante la adversidad; es materia clave para poner ante los ojos que sí tenemos la fortaleza para superar el desafío y modelar (como arcilla) quienes somos.
Este ruido que golpea el oído interno es vivir dando cuenta a otros, midiéndose en aquello que no poseemos, en aquello que la imagen proporciona o en lo que no se es y debería ser “por culpa del otro”. Este ruido, potenciado por las redes, el narcisismo del autorretrato para la red, donde se finge o se crea la imagen para idolatrarse en ausencia de la verdad, y, a modo de cruel ejemplo, es la caída en el abismo o el ser devorado por la bestia (interna o externa) por buscar el like sobre la fotografía.
Hasta el momento, en apariencia, no hemos dado respuesta a las preguntas; sin embargo, si tenemos presente el poema de Gonzalo Rojas, comenzamos a comprender las posibles respuestas o las afortunadas preguntas que cada uno de los lectores ahondará explorando cada palabra. Lo que se contrae, propongo desde mi lectura, es el ego, que se potencia con el exceso: mientras más tengo, más oculto mi carencia de esencia. Mi vida se vuelve ruido.
Entonces, al enseñar a esa máscara del Yo, que carece de Mí, a entregarse, a darse a otros que no reconocía como parte de Mí, comienzo a escuchar la música propia del silencio, la del sentido de la vida, y en esto puedo escuchar la Única Voz que resuena desde la eternidad. Silenciarme para escuchar, silenciarme para volverme a decir.
El ruido es la interferencia entre quienes se comunican, entre quienes buscan un punto de conexión y de relación. En nuestro caso, el deseo de entrar en comunión parte del Creador hacia el ser humano.
El ruido existencial es aquel que impide que participemos de la consciencia de la realidad en su completitud; es decir, que todo es sustentado por la Divinidad, que por su palabra sostiene y trae a la existencia, constituyéndose así en el Poeta. Y, al tener presente que cada ser humano fue creado con Tzelem (imagen divina), en sí es un poeta que crea mundo por sus palabras; esto lo saben bien los niños cuando adquieren la lengua.
Por otra parte, el ruido, que busca persistir como quien empaña la ventana, puede estar constituido por los presupuestos que construimos o adoptamos del mundo, de nuestra participación en este mismo; las ideas preconcebidas sobre lo que puede ser nuestra vida, el prójimo, lo otro y el mundo, incluso con respecto al Creador. Estas son, de hecho, las respuestas antes de la pregunta.
Para concluir, es necesario señalar que el poeta solo intuye la Única Realidad, la de la Divinidad, la de lo sagrado, como inspiración y trabajo en la palabra, que, en el caso de Gonzalo Rojas, es un casi. No obstante, para nosotros es y puede ser como fue para el salmista, de acuerdo con el capítulo 65:2-3, cuando indica (transliteración desde el hebreo): “Lejá dumiyá tehilá Elokim betzión uljá yeshulam néder. Shoméa tefilá adéja kol basár yavóu”; que, traducido, puede decir: “Para ti, el silencio es plegaria, oh, Dios en Sión, y los votos te pagarán a Ti. Tú escuchas la plegaria, hacia Ti todo ser vendrá”.
El Silencio es recuperarse de una fatigosa enfermedad que nos da salud, música y sentido, porque tenemos la oportunidad de volver, encaminarnos al encuentro de la esencia, de la condición humana, del prójimo en lugar del enemigo, y de construir la paz hacia la Fuente de la Vida que “dice y es”.
Escrito por Elgar Utreras Solano, Chillán de Chile, 2026.
