Hispanic Heritage Literature Organization / Milibrohispano celebra el 1st. Hispanic Heritage Poetry Festival 2018 que tendrá lugar los días 18 y 19 de octubre de 2018 de 5:30 PM a 9:00 PM, en CITYPLACE, Doral, localizado en 8300 NW 36th Street, Doral, FL 33166.

Estamos honrados con la participación de la poeta Julia Hernández por Costa Rica en nuestro evento.

Julia Hernández nació en Puerto Limón, Costa Rica, para luego pasar a vivir a San José.

En el 2015 publicó su primer poemario Tres Vueltas de Llave de la Editorial Líneas Grises, Círculo de Poetas Costarricenses, en el 2017 publicó su libro Cuerdas Contra el Viento de la Editorial Líneas Grises. Además en el 2018 cuenta con  la publicación de su tercer libro Boleto al Caribe, de la Editorial Estucurú.

Ha obtenido la mención de honorífica en el Tercer Certamen de Poesía Haiku a Nivel Centroamericano realizado por la Embajada de Japón y la Asociación Cultural nueva Acrópolis, además del Tercer Lugar en la categoría de Tema Libre del Certamen Tradiciones Costarricenses. Publicación en Cuentos y Leyendas, Anécdotas e Historias de Vida. Provincia de Limón, realizado por el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio del Ministerio de Cultura y Juventud.

Participó en la Antología Bitácora Abierta, 31 Latidos en el Andén y en la Compilación Líneas de Mujer de la Asociación Costarricense de Escritoras.

Ha participado como invitada en el XIII Festival Internacional de Poesía en Granada, Nicaragua 2017 y en el Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico 2017. Pertenece a la Asociación Costarricense de Escritoras (ACE).

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Barrio sin nombre

En mi vecindario el ruido

era  el roce de un blues,

abrasivo y penetrante.

Un toque musical

que trasladaba de sitio las puertas

y las ventanas de ese barrio.

Aquella calle ancha y sorda,

reinventaba el mejor escenario.

Ahí se desvestían, precarias, las ilusiones.

Los niños crecíamos mascando la indiferencia

donde ronca el pavimento sus ocasos.

Nos rebelábamos en fantasías:

ser piratas en un mar y otro.

La marea mecía  nuestros cuerpos

al filo de las rocas,

como si fuéramos un pincel en las manos del océano,

para volver de algún sitio donde las carencias

eran invisibles.

Y así, finalmente,

reparar las bisagras de los sueños.

Afuera, mientras jugábamos,

la vida movía sus aromas por los

patios comunales del vecindario.

El olor acalorado del chile panameño y del jengibre

viajaron desde otros países hasta puerto Limón,

como si cargaran un lenguaje

donde la brisa parecía decir algo,

entre las hojas de plátano y ñampí,

hasta mezclarse en el aire

con el olor del arroz cantonés

en una columna de hermandad.

El barrio sin nombre

tenía algo en común con aquellos niños.

Un nombre que no se concretó en ningún registro.

Los “hijos naturales” éramos como ese barrio:

una lista aparte

con un desmantelamiento escolar

a la vista de todos.

Un arrecife que la arena se tragó por la vergüenza.

Pero juntos nos consolábamos cada mañana

con el abrazo tibio de sus calles

y el deseo indestructible de inventarnos otro mundo.

Julia Hernández

*Los hijos naturales son los nacidos fuera del matrimonio

 y no llevan el apellido del padre. Era así hace años.

 

Los carnavales

La música unifica fronteras

y al mismo tiempo

armoniza con este verano de octubre

con todos los veranos que en el mundo han sido.

Tiene la locura de una ilusión,

que borra las carencias,

como quien comparte una fruta de pan

con el vecino

en el momento exacto de caer.

Me dejo llevar hacia el carnaval.

El sol, vago y solitario,

inclina su manto de fuego,

en un recorrido vertical

por las vértebras húmedas del aire

y los selváticos arbustos del parque Vargas.

Mientras, en las costas de la isla Quiribrí *

se instala tiránica la indiferencia

ella guarda su historia y su belleza en cuarentena,

en el fondo del olvido.

Me dejo llevar hacia el carnaval.

Veo acomodarse  la alegría

en los amplios corredores de madera

entre la venta de los yuplones,

pan bon, el bofe con yuca

y el maní en las bolsitas de papel.

Todo es el resumen de un mundo

improvisado en cada  esquina de la ciudad,

para volver a ser nosotros al día siguiente.

Estoy en el carnaval.

La multitud  se mezcla con un bamboleo de arraigos

entre las comparsas

y el desfile de carrozas.

Bailamos todos.

Alegres seguimos el sonido de las maracas

y los tambores del calipso.

Atrás, el  dragón chino con su agudeza

esparce por las calles abundancia y buena fortuna

como una promesa de eternidad.

Seres de hierro, de mar y de papel,

híbridos aprisionados como yo,

en el fuego cruzado de varias etnias,

sin saber cuál  camino escoger.

Pero nos han crecido agallas

en el lugar de los sueños.

Ahora entiendo cuánto necesitaba estar aquí,

sobre esta acera donde los sonidos no se gastan

y aún guardan el estremecimiento de mi infancia.

*Isla La Uvita