Acercamiento a la poesía

Odalys Interián

La poesía no es todavía lo que queremos que sea, por eso no terminamos de escribirla. Escribimos para decirnos y para aprendernos de memoria, después para olvidarnos, es un ciclo perfecto. Necesitamos desaprendernos y enmudecer, estamos llenos de ruidos y visiones tremendas, llenos de relatos,  de seres con los que convivimos, algunos hechos a nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza, otros conforme a nuestros miedos. Estamos llenos de presencias, de seres aprendidos y otros incorporados, de repeticiones y mundos, de silencios y soledades. Ese deseo de vernos el infinito íntimo del ser, de acercarnos a la verdad, esa urgencia aunque sea en instantes de rozar la belleza y el misterio, ese intento de aprender a mirarnos, de querer comunicar  como somos,  nos hace escribir.

Estamos heridos, cantáremos largamente nuestro dolor y nuestro duelo, cargáremos nuestras visiones dolorosas llenas de nostalgias y pérdidas; porque no queremos el olvido, y esa vocación de lucha y resistencia nos ha hecho poetas, no queremos callarnos, esa urgencia y necesidad expresiva nos lleva a insistir. La poesía es un lugar de resistencia, y seguimos intentándolo, atraídos, llevados por ese imán, por la fuerza de las palabras en sus combinaciones, por ese mundo que despiertan y ese Dios que traen consigo.

Para Huidobro: la Poesía es el lenguaje de la Creación. Por eso sólo los que llevan el recuerdo de aquel tiempo, sólo los que no han olvidado los vagidos del parto universal ni los acentos del mundo en su formación, son poetas. Las células del poeta están amasadas en el primer dolor y guardan el ritmo del primer espasmo. En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal.  El  poeta  es  el  que  aprende a ver  y descifrar otro lenguaje,  oye ese otro discurso que está más cerca del origen y por ende, del ser en las cosas.  Las palabras sirven para encontramos; pero también es cierto que esconden mucho de nosotros, en la palabra están todos los secretos. Lo importante en el lenguaje es la precisión, −diría Celan− Encontrar la palabra precisa que rememore o trascienda con su carga sutil de sugerencia. Nadie como él para encontrar esa palabra que hace  desde la poesía vislumbrar todo el horror.  Encontrar la palabra justa siempre ha sido el reto y el anhelo de los poetas, la palabra salvada que quede sonando mientras abre un universo de disonancias y repeticiones. Escribir desde la sinceridad siempre será el reto y encontrar esa palabra que más que testimoniar se vuelva sangre y voz.

La poesía también está llena de alucinaciones, de mucho imaginario y de vidas alternas. Nos convence de que no estamos solos,  de que hay otras realidades, algunas invisibles, está cerca de lo real; pero sin renunciar a lo irreal posible. El hombre enfrenta la idea de la muerte todos los días y  a veces no sabe qué hacer con ese sentimiento de pérdida, ni con la impotencia de no poder cambiar las cosas. La poesía nos salva del olvido, porque conserva una memoria viva, en ella está esa lucha por la vida que se ofrece como oficio cotidiano y el misterio de la muerte como eterna interrogación. La escritura es un modo de sobrellevar la ausencia, y las angustias que nos acompañan. La poesía vive en el hombre, y es el hombre, desde que Kierkegaard apuntase que el verbo ser es propiedad del poeta, y después que Walt Whitman escribiera Canto a mí mismo, la conjunción entre el ser y la experiencia ha perfeccionado una poética en la que el autor crea a partir de su propia circunstancia. El poeta añadiéndose, la escritura como redención y búsqueda de sentido de una identidad, la poesía en su intento de tocar el sentimiento humano, y de convertirse en lo vivo. El poeta vive la experiencia de la poesía  antes de escribirla, la poesía pide entrega, luego escogerá la forma y ritmo en que querrá narrarse. Escribimos sin saber lo que llegará a ser, hay mucho de inconciencia en el acto creador, la extraña forma en que  las  palabras  se  ordenan, cuenta  una   predisposición,  esas  posibilidades infinita  de  conectarse  y  recrear  en  imagines  lo vivencial del signo. El poeta no conoce que escribirá, muchas veces la poesía le dicta, ella escoge el modo y la forma, él será el instrumento para materializarla,  el ser esencial para develarla  y descubrir su identidad.  El poeta nos conduce entonces más allá del “último horizonte”, más allá de todo lo conocido, junta los reinos, ellos tienen la obligación de estar siempre enamorados, tienen el deber de sentir, de no abandonar el amor o el odio, los desvelos, las vigilias y también las soledades. La poesía es un estado y es un ser, porque toma la forma del poeta y se vale de su voz para organizar y legitimar el canto.

¿Pero, qué hago cuando escribo? desde Poe esta sigue siendo una pregunta que muchos buscan contestar: ¿qué implica el proceso creativo? ¿Cuánto hay de inspiración, y cuanto de trabajo consciente? Lo cierto es que aunque la poesía tenga mucho de intuición, también requiere de sabiduría. Poe reconocería que la “maldición de cierto tipo de inteligencia reside en que jamás está satisfecha con la conciencia de su aptitud para hacer alguna cosa. Ni siquiera se contenta con hacerla. Tiene que saber y mostrar a la vez cómo fue hecha”. La poesía lleva reflexión, pensamiento, es lo que  junta  trabajo e inspiración.

¿El proceso de escribir es difícil? −nos dice Clarice Lispector− Pero es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que está hecha una flor. (…) para ella: está hecho de errores la mayoría esenciales, de coraje y pereza, desesperación y esperanza, de vegetativa atención, de sentimiento constante (no pensamiento) que no conduce a nada, no conduce a nada, y de repente aquello que se pensó que era nada era el verdadero contacto temible con la tesitura de vivir;  y ese instante de reconocimiento, ese zambullir anónimo en la tesitura anónima, ese instante de reconocimiento (igual que una revelación) necesita ser recibido con la mayor inocencia, con  la  inocencia  con  que está hecho… Y continua diciéndonos: Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Según Clarice, y sería bueno que nos dejáramos convencer  por estas verdades esenciales que declaran magistralmente la finalidad de la escritura: Escribir es una maldición que salva…Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse…Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.

La poesía salva, libera, trasciende al hombre dándole nuevas fuerzas y nuevas ganas de vivir. Hay que creerle a los poetas, en especial a Juan Gelman cuando nos dice: Ahí está la poesía de pie contra la muerte. Descubrir que hay una  verdad y seguir sin saber qué hacer con ella es doloroso, la poesía permanece como ofrecimiento, va hacia el definitivo silencio de una verdad que el lenguaje no puede en ocasiones expresar; pero que logra comunicar la parte de verdad que todos albergamos dentro, que todos andamos buscando. Porque si la muerte ejerce una fascinación rara en el que escribe, lo cierto es que no nos acostumbramos tampoco a ella, aunque sea una realidad que esperamos y que vemos acontecer. Nadie anhelará el fin si no fuera porque padece, sufre o vive enfermo. Nadie negaría la eternidad si otra fuera la vida que viviéramos, asusta este pesar convulso y repetitivo, ese dolernos en todos los pedazos y mitades de nuestra existencia. Otra fuera la vida sin la muerte, y quizás otras fueran las cosas que escribiríamos, y otros serían nuestros miedos;  pero aquí el miedo no es sobre la muerte, sino contra la imposibilidad de hablarla, de anularla de alguna manera y eso es lo que hace la escritura; recrearla como una invocación, hacer que trascienda el hombre, que importe menos. Hablamos de ella todo el tiempo  sin que nos duela, la poesía la despoja del horror. Otra fuera la vida sin la muerte, y otra fuera la poesía que escribiríamos si no existiera lo muerto; pero  lo  cierto  es  que  la escritura, y  la  poesía   como fin,  sirven para no olvidarse de la vida y para preservar la continuidad. La poesía es la memoria del mundo, ella es el futuro, permanece en el presente infinito testimoniando el ser y la vida; pero también la vida en su decursar y en su tenacidad,  es la perenne e indetenible poesía.

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