Lilian Viscaino Boletin AIPEH MiamiPor Lilian Vizcaíno. 

Ese día salió a la calle con su mismo optimismo de siempre. Ni el mismo sabía por qué a pesar de que todo le salía tan mal, el seguía convencido de que algo bueno le sucedería.

Mientras caminaba a prisa con el periódico bajo el brazo, silbaba su canción favorita: Saber que se puede, la, la la… color de esperanza, la la la. Con pasos ágiles alcanzó la parada del ómnibus. Como siempre, un grupo de personas esperaba anhelante y esperanzado que no se retrasara el autobús.

El joven, confiado como siempre, dio los buenos días arriesgándose a que, una vez más, nadie le contestara; por eso le sorprendió escuchar una voz que respondía amablemente a su saludo. ¡Vaya, se dijo, hoy empezó bien el día! Y mientras se acomodaba  el abrigo se sumergió en sus reflexiones.

¡Qué barbaridad! La gente se vuelve cada día más mal educada. No sé a dónde vamos a parar. Si seguimos así nos acercamos cada vez  más a las bestias. Pero que va, no podemos permitirlo, al menos yo no me rindo; seguiré insistiendo con mi saludo y mis buenas maneras. Si todos hiciéramos lo mismo el mundo sería distinto. Bueno, ahí llega el  autobús, menos mal que no se retrasó.   Se acercó a la puerta y esperó a que subieran todos, sin embargo, a pesar de su amable actitud, no faltó quien lo empujara. Ya en el ómnibus se sentó y buscó en el periódico los anuncios que había subrayado esa mañana mientras saboreaba su tacita de café y que tanto habían avivado su esperanza.

“Se busca joven  con experiencia en el sector empresarial, con conocimientos de la alta tecnología y habilidades en el campo de  las relaciones públicas”. Este era el anuncio que más lo ilusionaba. ¡Al fin!, pensaba, ¡al fin tendré mi oportunidad! Ya se veía sentado en su escritorio, en una oficina  rodeada de cristales, con vista a la Bahía de Biscayne y al Puerto de Miami y rodeado de equipos ultramodernos.

Eduardo había llegado a Miami hacía ya unos quince años y como tantos  inmigrantes,   buscaba una oportunidad de triunfar y lograr una vida mejor. Al igual que otros, realizó  diferentes labores, había trabajado duro en lo que apareciera;  y ésta era la primera vez, que luego de haber finalizado sus estudios, se sentía en condiciones de poder aspirar a una posición de mayor categoría  dentro de  su especialidad.

Como todos, se sabía persiguiendo un sueño, pero en su caso personal, él siempre se  había creído predestinado al  éxito. Desde pequeño, quizás por los elogios de sus maestros y el apoyo que recibió de su familia, se había sentido un triunfador aunque no se confió y para  lograrlo se preparó toda su vida. Sólo faltaba su oportunidad, y ahora estaba ya ahí, ¡ah!, no cabía en sí del gozo que sentía.

Miraba a través de los cristales del autobús  las lujosas mansiones de la calle Coral Way, y se entretuvo pensando en cuál le gustaría vivir. No, en esa no porque es muy pequeña, pensaba, y esa tampoco porque se ve que es muy vieja, ésta sí, estaría perfecta, -se dijo- mientras contemplaba una casa de dos plantas y que tenía además un auto Audi parqueado delante de su puerta.- Bueno, pero me gustaría más si estuviese pintada de color marfil y adornada en verde oscuro. ¡Ah!, y preferiría que el carro fuese un Masseratti, si definitivamente, me gusta más. Y así, siguió entretenido, admirando los edificios y  hoteles de la avenida Brickell.

Eduardo siempre había soñado en grande, pues tenía el criterio de que era esa la única forma en que podía alcanzarse el éxito. -Si piensas en pequeño, tendrás una vida mediocre y llena de limitaciones-,se decía así mismo. De manera que siempre procuró, comprarse buena ropa, codearse con gente de posición y lucir todo lo mejor que podía; pero sin olvidar nunca que el esfuerzo y el sacrificio era el camino más seguro hacia el triunfo.

De pronto, sintió la voz de la conductora que anunciaba la parada de Bayside. Ágilmente se bajó del ómnibus y  atravesó la avenida. Se adentró por una calle que lo condujo a uno de los edificios altos, típicos del Downtown de Miami. Traspasó la enorme puerta de cristales y se dirigió a los elevadores. Tomó el primero en abrir y marcó el piso veinte. Cuando lo hizo, no pudo evitar un estremecimiento. —Caray, el piso treinta, nunca había subido tan alto.

Al salir, se dirigió a la oficina rotulada  con el título de Negocios Internacionales.  Se acercó a la joven que estaba en la recepción y le dijo:

 —Buenos días señorita, vengo para la entrevista para  la posición que están ofertando.

  • Buenos días señor, perdone pero… no se dé qué entrevista, ni de qué posición usted habla.
  • ¿Cómo que no sabe? Yo hablé con usted ayer e hice la cita.
  • Disculpe señor, pero tiene que ser un error, pues ni hay una posición abierta, ni yo hablé con usted ayer. Eduardo comenzó a desesperarse, la angustia le cortaba la voz.
  • No, no puede ser un error señorita, exijo hablar con su jefe de inmediato.
  • Él está ocupado y no recibe a nadie sin cita previa. Mire señor, haga el favor de retirarse, pues si insiste me veré obligada a llamar a los guardias de seguridad.
  • Es que no puede ser un error, la equivocada es usted, repetía una y otra vez. Sin embargo, decidió salir de la oficina cuando vio que la joven apretaba el botón que llamaba a los de seguridad.

Eduardo estaba como alucinado; ante  sus ojos se desmoronaban una a una todas sus esperanzas, preso de su dolor y sumido en la desesperación, se arrojó contra la pared del elevador y empezó a golpearla con furia.

Entonces, cayó un vaso de su mesa de noche, y el ruido lo despertó, estaba asustado,  pero finalmente comprendió, ¡todo había sido un sueño!

Se levantó entonces de la cama y caminó lentamente arrastrando los pies hacia el baño. Por un momento, sintió que algo más, en su interior se había roto también. Sin embargo, al mirar el reflejo de su rostro en el espejo sonrió y se dijo: No importa, si no fue aquí,  será en otro lugar, y si no es hoy, será mañana, pero lo voy a lograr, ¡así será!

 

Por Lilian Vizcaíno.

A través de mis ojos

Editorial Voces de Hoy (Miami 2013)