Danilo López-Roman

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Un Hispano conoce a otro Hispano en Lisboa el 23 de octubre de 1984


La noticia en el periódico

Dos años más tarde murió en Suiza. Recibió los premios literarios más importantes que existen en el mundo. Excepto el Nobel. El Nobel no era digno de él. Él era mucho más grande que el Nobel.

Mientras vivía en Lisboa, descubrí por el periódico que él daría una conferencia de prensa en la embajada argentina. Llegué tarde. Veo a una amiga periodista saliendo del edificio. ¿Todavía está ahí? Le pregunto. Si, me contesta ella, sabiendo perfectamente de quien le hablo. Me ve dudar. Vamos, yo te llevo, añade ella, solícita.

El inmenso abuelo

Habla, y es como si los tigres y leopardos de sus cuentos y poemas se materializaran ante nuestros ojos atónitos. Incontable lugares y sortilegios emergen de nuestras mentes. Se prepara para partir, ya levantándose de la silla que un hombre de saco y corbata está listo a jalar por detrás. Pero Diana interviene, Don Jorge, ¡traigo a un amigo nicaragüense que le quiere conocer! Por supuesto, dice volviéndose a sentar. “Ah! Nicaragua, ¡la patria de Rubén Darío!”, exclama, y empieza a recitar uno de los poemas de Rubén mientras extiende su mano derecha hacia mí guiado por mi voz que incrédula dice mucho gusto don Jorge.

Y veo 400 elefantes marchando a la orilla del mar, y a Margarita, la hija del rey, suspirando por la estrella que brilla en las profundidades siderales. Veo a los hombres raros capturados por Darío en su crítica literaria; y a un monstruo escondido en un cuarto oscuro de una casa colonial en León. Veo al aguerrido Caupolicán cargando un robusto tronco de árbol sobre sus hombros; oigo la canción del oro, siento las noches de Paris, las editoriales chilenas imprimiendo libros, la larga enfermedad en su cama, la muerte gradual.

Aún tiene mi mano agarrada mientras recita. No quiero moverme por miedo a romper el hechizo. Hasta que son sus dedos temblorosos los que se apartan para autografiar un libro. “Nicaragua!” Vuelve a exclamar, y es como si mi país apareciera ante mí, con sus extensos campos de maíz bajo el calor del medio día; el fresco jugo de pitahaya bebido con avidez en el puerto de Corinto, Chinandega; y los callejones coloridos del mercado de Masaya con sus mujeres y hombres topándose unos con otros mientras compran; y las tajadas maduras de melón abiertas en la plaza junto al parque. Ignoro que ve Diana, pero yo, soy el privilegiado nieto cuya imaginación el inmenso abuelo incendia con los cuentos de Las Mil y Una Noches.

Memoria de papel

Un escritor tiene la memoria de papel. Los libros de quien los escribe contienen la memoria de su vida. Un poema es la remembranza de centurias. Hemos sido transportados a la creación del mundo y a su final. Hemos visto la redención de la humanidad de las manos de Jesús. Hemos presenciado las pirámides de Gize y los jardines de Babilonia. La poesía ha hecho del exilio nuestra residencia en la tierra.  La poesía recrea la historia de gánsteres, santos, y traidores, de días felices y males menores. Un poema es un cúmulo de retratos que explotan, un mosaico de leyendas, una agonía de deseos, una trampa inesperada. Resume la compleja simplicidad del lenguaje.

La poesía también deviene en invención de realidades, en el idioma de la fantasía, en una sencillez sospechosa. Desde aquel encuentro, las cuerdas de mi país se disolvieron en un poema vectorial que aún está en despliegue.


Texto e ilustración:
Danilo López-Roman, MFA