Por Pablo Martínez Burkett

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Si hay algunas hierbas mágicas, algún hechizo o fuente que tenga la virtud de devolver la juventud o lo que es mejor aún, conservarla eternamente, es en mis dominios donde hay que buscarlas.

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura

Siento envidia por la ignorancia de los gorriones. Todos hemos escuchado alguna vez que los animales son eternos porque viven fuera del tiempo. Estos pajaritos abundan en Buenos Aires. Ha sido un largo viaje. No recuerdo con precisión el año de mi llegada. Ya se me mezclan las memorias. Entonces era tan ingenuo. Se empezaba a tener noticias de las nuevas tierras de la América del Sud y creí que los efectos cesarían al refugiarme en el otro extremo del continente. Era un mundo maravilloso y todo parecía posible. Las quimeras se multiplicaban y no pocas veces se pagó con sangre la ilusión de dar con El Dorado, la Ciudad de los Césares, la Sierras de la Plata, las Tierras del Rey Blanco, el País de las Amazonas, las islas de Tarsis y Ofir. Pero cuando salimos a la búsqueda de las Islas Bimini y su tesoro mágico, nosotros pagamos con algo más.

Los historiadores e informantes de la Conquista, si bien refieren el hecho de variada forma, coinciden en la mofa escéptica. Hasta Pedro Mártir de Anglería envió ese mismo año una carta-relación al Papa donde menciona el incidente pero negándole veracidad.

Aunque en noches de ocio y ron se traficaba la leyenda del Preste Juan y la fuente de la juventud, no nos hicimos a la vela sino hasta que los arawaks nos garantizaron que la lozanía de sus hombres provenía de las visitas periódicas que hacían a un río en ciertas islas Boyucas. Como diría luego el cronista, era fama que los ancianos caciques volvían restaurados al punto de reanudar todos los ejercicios del hombre, tomar nuevas esposas y engendrar más hijos. Es cierto que dejamos Puerto Rico para buscar ese río Jordán, interrogando cada corriente, arroyo o laguna que encontramos en esa lengua de tierra llamada La Florida. Pero es falso que haya resultado un fracaso. Bueno, para la mayoría, incluso Ponce de León, no hubo más que riqueza en flechas. Pero para uno, el gesto de calmar la sed en una poza se convirtió en calamidad. Si hubiera sabido… Por eso me hacen gracia los anuncios publicitarios que ofrecen vacaciones en Miami bajo la promesa de sentirse joven para siempre. ¡Qué estupidez!

Sobre el autor

Pablo Martínez Burkett  (Santa Fe, Argentina, 1965) Escritor por vocación y abogado de profesión. Desde 1990 vive en Buenos Aires. Profesor de posgrado enseña Derecho en universidades locales y de Hispanoamérica. Cultiva el fantástico rioplatense con predominio del terror y la ciencia ficción oscura. Tiene más de una docena de premios en concursos. Ha sido publicado en las principales revistas que cultivan el género a ambas márgenes del Atlántico. Escribió para programas de radio, ha participado en numerosas antologías y ha sido traducido al inglés, francés, italiano, portugués y rumano. Ofició de jurado en unos cuantos concursos. Le apasiona traducir y lo hizo con regularidad para Axxón. Sus libros de relatos son: Forjador de penumbras, que mereció el 1er. Premio Mundos en Tinieblas (Galmort, 2011 y Eriginal Books, 2014), Los ojos de la divinidad, que mereció el Fondo Metropolitano de la Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Muerde Muertos, 2013) y Mondo Cane (Muerde Muertos, 2016). Está terminando de escribir un folletín por entregas, una novela y un par de libros de cuentos.

Notas

[*] El presente relato corto fue publicado en el libro de mi autoría, titulado Mondo Cane (Editorial Muerde Muertos, Buenos Aires, 2016).

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