Por Janiel Humberto Pemberty

 INTRODUCCIÓN

En la mayoría de los casos y cuando por alguna circunstancia no tiene el respaldo de una editorial con gran capacidad de mercadeo y distribución, el escritor de nuestro tiempo debe ocuparse de promocionar y vender su obra además de escribirla. Del mismo modo debería preguntarse también para qué escribe, más allá del porqué escribe, ya que, entreverada en el mercado del entretenimiento, la literatura ha empeñado su dimensión ética.

En un mundo cuyos valores humanos sufren por toda suerte de intereses políticos, económicos, mediáticos e ideológicos un sitio de Troya sin cuartel, la literatura debería convertirse por lo menos en un noble faro de inconformidad, en una rebelión luminosa y no resignarse más a ser otro objeto del consumismo.

Es comprensible, hasta cierto punto, que los escritores y poetas de hoy quieran saltar a la fama sin mirar muy bien el compromiso que deben tener o no tener con sus semejantes, pues, como cualquier mortal, cada uno de ellos debe velar por su sustento, y si han puesto su pasión en la escritura ¿de qué otra cosa podrían vivir? El asunto es álgido y de discusión compleja.

EL MERCADO EDITORIAL DEL CUENTO

Y entrando a los territorios del género literario que nos ocupa, resulta difícil entender por qué el mercado del cuento es tan restringido en relación con el de la novela, si estamos inmersos en un mundo complejo, acelerado, en el que el tiempo no alcanza para nada y en el que, se supondría, el cuento satisfaría con creces las necesidades del público lector a sabiendas de que es breve, intenso, impacta emocionalmente al lector, y la novela es larga, de compleja estructura dramática y exige mayor tiempo para ser concluida, por decir lo menos. Esta inquietud cobra más fuerza aún si miramos el mercado audiovisual en el que las grandes series televisivas se han convertido, poco a poco, en fuertes competidoras de las producciones cinematográficas tradicionales, que entregan al espectador una historia de horas, en tanto las otras exigen una dedicación equivalente a días enteros para seguirles el hilo narrativo. Ello es, a todas luces, una contradicción que los científicos sociales seguramente ya han aclarado o lograrán aclararnos.

El caso es que las grandes editoriales no tienen un mercado tan vasto para el cuento como para la novela a pesar de que el cuento es el género literario más nuevo y moderno como tal, y el que mayor vitalidad tiene, por más que la novela sea el género más popular. Y lo digo, a riesgo de que mi afirmación pueda parecer inconveniente, porque contar es para la gente tan inmediato como respirar. Siempre que llegamos a casa alguien nos pregunta ¿cómo te fue? Y no lo hace solamente por cortesía. Su pregunta tiene la intención de indagar, de novelar, de escuchar un relato. La gente se comunica y lo hace valiéndose del lenguaje, (del que hemos perdido, a fuerza de usarlo, la conciencia de su connotación mágica), contándose las cosas que le pasan, sus proyectos, triunfos y frustraciones. Así ha sido, es y seguirá siendo mientras el hombre sea hombre.

La disculpa de las editoriales acerca de su preferencia por publicar libros de novelas frente a los de cuentos o de poemas es que estos no se venden o no tienen un público lector tan grande. Y eso para su negocio es justificable. Pero ¿cómo vender algo que no editan? El caso es que como no se editan no se venden y no se venden porque no se editan, de lo que se valen para reafirmar que no gustan. Y así la suerte editorial del cuento no está determinada por las leyes de la literatura, sino por las leyes del mercado. De manera que escribir cuentos es por ahora, en cierto modo, un riesgo. Sin embargo, el cuento corre por las venas del hombre, se ajusta de una manera muy apropiada a su fácil emotividad ante el drama, es muy adecuado para impulsar y mantener la pasión de escribir de sus cultivadores, y es un caballo de batalla muy noble.

AL APRENDIZ DE ESCRITOR

Yo le recomiendo a todo aquel que desee iniciarse en el arte de escribir que lo haga con el cuento. Y no, desde luego, porque sea este un género fácil. «Un cuento es una novela decantada de ripios», dice Horacio Quiroga en su Decálogo del perfecto cuentista. Al contrario, exige rigor y precisión. El arte del cuento es reconocido como el más difícil de todos los géneros literarios en prosa por muchos grandes escritores, porque exige verdadero oficio por parte de su cultor. Los buenos cuentos son verdaderas joyas cuyos reflejos gravitan en nuestra memoria de manera inapagable.

El arte del cuento exige sensibilidad, concisión y astucia, elementos que darán gran solvencia al aprendiz. Y ningún texto narrativo, pienso yo, exige tanta atención en cada palabra, en cada detalle, en cada personaje, en la ambientación, el tono. La escritura de un cuento es una verdadera lucha con la palabra. Desde luego, algunos aprendices prefieren un maestro que los guíe por los vericuetos del lenguaje y de la magia argumental para no desanimarse en el primer intento. Pero si no encuentra uno de carne y hueso, el interesado puede ir a una librería, una biblioteca o acudir a un amigo y adquirir los libros de los grandes maestros del género, quienes mediante una lectura concienzuda y enamorada, lo ayudarán sin duda a salir del atolladero. Claro está que para ello más que interés necesita pasión.

PASIÓN VERSUS TALENTO

Aquí entre nos, sostengo muy controversialmente que más allá del talento existe la pasión. La pasión. Y digo más: allí donde está tu pasión está tu talento, está tu éxito, parodiando un poco la maravillosa sentencia de Jesús: De lo que llena tu corazón habla tu boca. Hay seres que nacen con ciertas inclinaciones y pareciera que la naturaleza o Dios, si lo prefieren, los dotó para esas inclinaciones. A eso yo y ustedes conmigo, seguramente, llaman talento. Pero he conocido personas dotadas de un talento excepcional que se perdieron en el vicio, perecieron tempranamente en las redes del crimen o se desperdiciaron en la pereza porque no tuvieron el toque mágico de la pasión.

García Márquez cuenta que recién llegado a México, en 1961, vivía en un apartamento y que la familia solo tenía un colchón doble, una cuna en un cuarto, y una mesa para comer y escribir en el salón, además de dos sillas que utilizaban para todo. Cuenta que una vez llegó Álvaro Mutis y de entre los muchos libros que le llevaba separó el más pequeño y liviano y entregándoselo muerto de la risa, le dijo: «Lea esa vaina, carajo, pa’ que aprenda». Era Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Cuenta que aquella noche no pudo dormir hasta después de la segunda lectura y que al otro día leyó El llano en llamas con idéntica fascinación. Tiempo después se sorprendió recitando a Pedro Páramo de memoria de principio a fin. Y no solo eso: sabía en qué página de su edición sucedía tal episodio y conocía a fondo las características de cada uno de los personajes. Una memoria prodigiosa, dirán ustedes. Prodigiosa sin duda, pero al servicio de la pasión, una pasión verdadera que lo llevó a escribir de ocho de la mañana a dos de la tarde o más, durante décadas.

Son famosas las aseveraciones de Rainer María Rilke y William Faulkner por ejemplo, hacia quienes se interesan en el arte de escribir. Ambos, sin atenuantes, les dicen más o menos que si escribir no les es tan indispensable como respirar, se dediquen a otros menesteres. Muy rigurosas sus exigencias, pero apuntan sin duda a la pasión. Hemingway por ejemplo, decía que el escritor debía vivir solo, preferiblemente en hoteles donde los amigos no lo encontraran, y dejarse ver nada más cuando presentara sus obras. Que debía escribir desde la mañana hasta el atardecer y que debía salir a caminar, jugar tenis o nadar para mantener sus fuerzas intactas para escribir al otro día. El mismo Faulkner escribió La paga de los soldados mientras respondía a un trabajo de 12 horas. Vargas Llosa dice que en su comienzos se sentía a años luz de los escritores reconocidos, pero que con su primer libro de cuentos pensó que ello era posible y ahora escribe unas seis horas diarias sin parar y dedica las tardes a atender otros asuntos relacionados con la literatura. Como ven, no hay talento sin pasión. O mejor, la pasión es la chispa mágica que aviva al talento.

ELEMENTOS Y CARACTERÍSTICAS

Pero siguiendo con el cuento, y ya para comenzar a centrarnos en él y a delimitarlo, digamos que en términos generales toda literatura es cuento porque toda literatura cuenta algo, sea esta un ensayo, una obra dramática, una novela, una crónica o un poema.

A mi manera de ver cualquier poema es también un cuento, pero un cuento sin acción, a no ser que estemos hablando de los poemas homéricos o de las canciones de gesta, entre otros. O mejor, un poema es un cuento cuya acción no va más allá de la expresada por los verbos que contiene.

He citado al poema porque la poesía es una presencia constante en  nuestras vidas y con el fin también de comunicarles, muy claramente, que al cuento del que venimos hablando, lo primero que lo caracteriza es la acción, acción que genera un conflicto o conduce a un conflicto, pues sin conflicto el cuento es otra cosa, pero no un cuento. Y hablando de las características del cuento como género literario digamos que a la acción se unen la brevedad, la concisión, la tensión y la intensidad.

Siguiendo a Mempo Giardinelli, escritor y periodista argentino, «el cuento es un género indefinible, porque si se lo define se lo encorseta, se lo endurece. Prefiero pensar al cuento como un camino que se hace sin cesar, una acción perpetua de los seres humanos. No en vano toda la Historia de la Humanidad es una narración, primero oral, luego escrita». Y dice además: «…el Maestro Edmundo Valadés enseñaba que  “el cuento escapa a prefiguraciones teóricas, pero su única inmutable característica es la brevedad”. Y a ella habría que agregar singularidad temática, tensión e intensidad».

Dicen los maestros del género que en el cuento la primera frase debe prefigurar a la última, porque todo en su estructura tiene un único fin: llevar al lector poco a poco, utilizando los medios que se necesiten para que no se distraiga, para que se olvide del mundo y de sí mismo, hasta ese punto en el que el conflicto hace eclosión. Y yo diría, y me perdonarán si la comparación es un poco escabrosa, que la trama y la composición del cuento ideal semejarían a la mecha que encendida se consume velozmente en busca de la pólvora, la explosión del conflicto. En este orden de ideas, Cortázar tiene una afortunada analogía, quizás la más afortunada. Él sostiene que el cuento se gana por knockout y la novela por puntos.

Otra de las cualidades del buen cuento es la tensión y esta es mantenida por la intensidad que el autor quiera imprimir a su historia. Hay intensidades a flor de piel y hay intensidades a la manera de Hemingway, quien mantuvo la teoría del iceberg. «El relato debe ser como un iceberg», dice. «El autor solo debe mostrar la punta, pero la fuerza, la gran masa subyace en el agua, está oculta y arrastra la parte visible». Esta técnica fue aplicada por Hemingway en muchos de sus relatos pero sobre todo en su cuento Los asesinos y en su novela corta El viejo y el mar. Me viene a la mente, en este sentido, un cuento para mí inolvidable: Encender una hoguera de Jack London. Casi desde el comienzo el personaje, por una ignorancia que lo lleva a cometer un lamentable descuido, se ve enfrentado a la nieve. El autor va contando, de manera lenta diría yo, la aventura de su personaje, pero por sutiles señales uno como lector sospecha que el personaje, que podría salvarse, va morir. Y uno como lector espera con todas sus ansias que eso no suceda. Y a partir de ese momento todo el relato se va desenvolviendo dentro de la trama visible que muestra el autor y la otra, que no se cuenta pero que es una constante amenaza en creciente tensión. Así pues, lo más importante no se cuenta.

Otro cuento inolvidable, pero que al contrario de Encender una hoguera transcurre en una atmósfera casi anodina que ha venido propiciando otra subterránea que de pronto nos revela una situación insospechada, es La autopista del sur de Cortázar. En él todo transcurre en una cotidianidad casi aburrida, de pronto esa situación cobra una fuerza emotiva inesperada y envuelve el final del cuento en una nostálgica e imborrable despedida.

Algunos autores, entre los que destaca Julio Cortázar, buscan el final sorpresa para sus cuentos; técnica que los hace, la mayoría de las veces, memorables. Y no es en vano. El cuento es una estructura cerrada en la que hay que cuidar tanto el comienzo como el final. «…pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas», afirma el guatemalteco Augusto Monterroso, maestro del microrrelato. No obstante, el cuento, como toda manifestación artística, es una materia que a veces escapa a las reglas.

BREVE HISTORIOGRAFÍA

Aunque hacer una historiografía del cuento rebasa el interés de esta exposición, dedicaré algunos minutos a un muy somero, y a grandes zancadas, recuento histórico de su presencia en la literatura y antes de ella y de su devenida a género.

Más allá de cualquier elucubración histórica es fácil concluir que antes de la escritura el cuento estuvo muy cercano al mito y a la leyenda. Las hordas, seguramente, gustaban de arrimarse al fuego para escuchar cómo sus cazadores más veteranos habían enfrentado a las fieras o a sus presas. Y no es difícil suponer tampoco que aquellos hombres se convirtieran en leyendas, alimentadas, bien por la imaginación de sus descendientes o bien porque a sus hazañas se atribuyera la ayuda de seres sobrenaturales, duendes, ninfas o dioses que los auxiliaban en sus aventuras más arriesgadas. Y así talvez, de entre todas aquellas gentes, de la misma manera que surgió el brujo, el chamán o el sacerdote, surgió el contador, el rapsoda, el aedo, el bardo. Y de esa manera el cuento, vale decir el relato, se convertía en la crónica que resaltaba lo mejor, lo más noble y destacado de cada pueblo, tribu o reino y plasmaba su esencia o idiosincrasia en sus dioses y héroes.

El cuento es, pues, una de las más antiguas formas de literatura popular oral, forma que sigue viva en el folclor regional, nacional y tradicional.

Pueden considerarse cuentos algunos apartes de los textos sagrados de la antigua India y algunos pasajes de la Biblia si bien están enmarcados dentro de textos más extensos con una intención muy concreta. Pero es hasta el siglo XIV, con el Decamerón, de Boccaccio que el cuento empieza a esbozar su personalidad moderna.

De ahí en adelante la lista comienza a agrandarse. En 1704, el orientalista francés Antoine Galland publica el primero de los seis tomos de Las mil y una noches, presumiblemente obra de muchos autores anónimos, y cuyos numerosos cuentos de atmósfera oriental maravillaron a Europa y nos siguen maravillando hoy. Chaucer con Los cuentos de Canterbury; La Fontaine con sus Contes; Perrault, con sus Cuentos de mi madre la gansa y Voltaire con Cándido, Zadig, Micromegas, entre otros, aumentan la lista.

El romanticismo hizo presencia con autores tan monumentales como Hoffman, Poe y Hans Christian Andersen, quienes darían al cuento mayor personalidad como relato breve y de ficción.

En la segunda mitad del siglo XIX, el cuento adquiere una innegable popularidad como género literario, perfectamente diferenciable de la fábula o la novela, con Anton Chéjov, prolífico cuentista ruso, gran cultor del diálogo dentro del género, cuyas obras, pequeñas joyas, además de ilustrar las costumbres y personajes de su tiempo, dieron al cuento frescura y un aire de ironía como ningún otro cuentista, ¿o se podría decir cuenticultor?, lo había hecho antes. Contemporáneo a él, en Francia, aparece Guy de Maupassant, otro prodigio del cuento y de una productividad admirable. Escribió más de 300 cuentos, aunque murió a los 42 años, tan joven como Chéjov, que murió a los 44. Así pues, a comienzos del siglo XX, el cuento ya tenía su cuento bien estructurado.

A propósito, el crítico Arturo Molina García sostiene que «antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia como género con personalidad propia. Era un género menor del que no se sospechaban las posibilidades de belleza, emoción y humanidad que podía contener su brevedad». Es decir, hay que anotarlo, que fue en ese tiempo cuando el cuento adquirió una intención estética, entendiéndose estética en este contexto, no solo el decir, sino cómo decirlo.

A los nombres anteriores habría que sumar los de Daudet, Stevenson, Jack London, Faulkner, Flannery O´Connor, Hemingway, Kafka, Kipling, Wilde, Lewis Carrol, Cela, Aldecoa, entre muchos otros.

La historia del cuento en América Latina sería tema para otra u otras charlas, pues tenemos en nuestro subcontinente muchos nombres que seguro ustedes conocen hasta la saciedad, entre los cuales se destacan Cortázar, Borges, Oneti, Quiroga, Guimarães Rosa, Vargas Llosa, García Márquez, Bosch, Rulfo, Fuentes, etc., etc., cuyas obras sería una delicia comentar.

ALGUNAS PIEZAS MAGISTRALES

Habiendo entrado en firme en el terreno del cuento volveré a mencionar algunas piezas magistrales, de las que hay bastantes dignas de figurar en cualquier antología de la historia de la literatura, pero que en mi caso son favoritas: La pata de mono de W. W. Jacobs; Bola de sebo, de Guy de Maupassant; El Aleph, de Borges; Encender una hoguera, de Jack London; la Autopista del sur, de Cortázar, Diles que no me maten, de Rulfo; A la deriva de Horacio Quiroga.

He querido hablar brevemente del cuento, como género literario, y muchos aspectos de este apasionante tema han quedado en el tintero. De todas maneras espero haber logrado mi cometido: despertar la curiosidad por leer más y más cuentos y más allá de eso por escribirlos, dándoles los nombres de los maestros y los de algunos cuentos famosos, porque dentro del cuento se encuentran piezas literarias de una nobleza enorme. Como dice Flannery O´Connor, y digo dice, porque su palabra sigue viva, «un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana». Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. O como dice Mempo Giardinelli: «El destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será el cuento».

EL MICRORRELATO

Para finalizar, quiero referirme muy brevemente al microrrelato, que forcejea por independizarse del cuento. Este subgénero (ignoro qué tan acertado sea denominarlo de esa manera) tiene muchos detractores, aunque sus cultores y defensores lo denominan el género literario del siglo XXI, dada su capacidad de síntesis, que va muy en concordancia con las prisas del hombre de estos tiempos, y porque hace de la brevedad, el ingenio, la ironía, el sarcasmo y la imaginación, recursos poco explorados por la literatura hasta hoy. Hay que decir, sin embargo, que tiene aún muchos problemas como género, entre los que se encuentra su exigencia de lectores curtidos porque muchas veces el texto aparece como una insinuación que deja a la imaginación del lector la elaboración de la historia. Además, es ya común, que como sucede en el arte, cualquier expresión pretenda ser microrrelato. Pondré varios ejemplos de algunos muy bien logrados. Augusto Monterroso escribió El Dinosaurio, considerado hasta hace poco el cuento más breve del mundo. Dice así: Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí. Cualquiera de ustedes me dirá que ese texto no es un cuento. Pero visto con lupa sí es un cuento. Miren ustedes: transcurre en el tiempo mediante una acción, tiene dos personajes por lo menos: el soñador y el dinosaurio, tiene trama y argumento, tiene intensidad y tensión, un comienzo y un final, sorprendente además. De manera que sí es un cuento que deja a la imaginación del lector sus antes y sus después. Pero algunos cultores del microrrelato quieren llevar la cosa más lejos. Y dicen que más breve que el texto de Monterroso es este texto atribuido a Hemingway: Vendo zapatos de bebé, sin usar, que consta de seis palabras. Y hay otro de Luis Felipe G. Lomelí llamado El emigrante. Es un diálogo:

―¿Olvida usted algo?

―Ojalá.

Yo añadiría a ellos uno que los gramáticos ponen siempre de ejemplo cuando hablan de la oración: llueve. Y mi microrrelato se llamaría así Llueve, con lo que llevaríamos el sentido del relato a su mínima expresión, diría yo. Y también podría atribuirme otro: Agonizo. Como ven el microrrelato tiene unos bemoles complicadísimos. De todas maneras lo dejo ahí para que se abra el debate porque el microrrelato es para mí tan respetable como el cuento o como cualquier género literario, siempre y cuando no pretenda abusar de la brevedad, del ingenio o la imaginación y no termine en una simple anécdota o en palabrería insulsa. Me parece muy prometedor en el sentido de que desabrocha el lenguaje y puede llevar sus sentidos a grados insospechados.

Son reconocidos cultores del microrrelato Borges, Cortázar, Arreola, García Márquez, Monterroso y Marco Denevi. Y para terminar quiero dejarles algunos microrrelatos.

DELIRIO 

Y ahora, mi sombra me ha creído su sombra.

Maribel Pumarejo Olivella.

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Chuang Tzu

APUNTES PARA SER LEÍDOS POR LOBOS 

El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama, acusaciones y calumnias que tienen que ver más con el temor y la envidia que con la realidad. Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel. Tanto así que suele utilizar proverbios tales como: «Está oscuro como boca de hombre», para señalar algún peligro, o «El lobo es el hombre del lobo», cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.

René Avilés Fabila

¿DÓNDE? 

Una jaula fue en busca de un pájaro.

Franz Kafka

CUERPOS

No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo.

Juan José Arreola

 EL PARAÍSO IMPERFECTO

―Es cierto ―dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno―. En el paraíso hay amigos, música, algunos libros. Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Augusto Monterroso

LOS TIEMPOS CAMBIAN

Cuando tenía quince años y estaba locamente enamorada, consiguió un hechizo garantizado ―un ligue, como dicen― para que su hombre no la abandonara nunca. Sí, era el hombre de su vida, no había ningún hombre como él. Hoy, 30 años después, está buscando en vano, con desesperación, alguien que deshaga el embrujo.

Carmen Cecilia Suárez

Y este último, sin título:

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

Gabriel García Márquez

Sobre Janiel Humberto Pemberty

“Toda biografía, por mínima que sea, es en cierto modo una confesión. Confesión que además de obligar a su autor a sincerarse con un lector anónimo, le “exigiría” la relación de lo sustantivo de su vida, amén de la inmodestia de hablar de sí mismo. Y ya que habrá de relatar una serie de acontecimientos de los que ha sido agente o paciente, ¿cómo logrará separar lo sustancial de lo anecdótico? Claro que esta eventualidad está mediada por la intención y la personalidad del autor. Y en mi caso, por ser yo un escritor que está acostumbrado a sincerarse con sus lectores, de una forma, digamos, camuflada, -pues es sabido que toda obra literaria es de alguna manera autobiográfica- lo anecdótico está mediado por una intencionalidad estética. Y así, en esta ocasión, se trataría tan solo de precisar algunas señales que he ido dejando regadas en mis obras.

Diré entonces que nací bajo condiciones precarias en el seno de una sociedad que hacía tiempo ya había abandonado los mitos y leyendas de la antigüedad clásica; que además se había sumergido hasta el cuello en las simetrías de la razón y que se sometía sin cuestionamientos al nuevo dios de la ciencia. Hacía centurias quizá que la poesía había dejado de ser pan para el hombre y esa cosa liviana, alada y sagrada, según Platón. Además, se adentraba inocente en las arenas movedizas del mercantilismo. Ahora sé que debido a esa disyunción cultural, mi alma inquieta debió atravesar un largo periplo de vacíos y sueños rotos.

Mi infancia nómada, solitaria y sin padre, se despeñó por una cascada de asombros, temores y carencias que llenaron mi imaginación de espíritus acechantes a los que solo la presencia de mi madre lograba ahuyentar. Hoy tengo claridad sobre algo que debí haber aprendido por lo menos desde los inicios de mi segunda juventud: que, como decía Borges:

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

Me aferraba a mi madre, aunque no fuera consciente de ello, para no sucumbir a un mundo caótico y fantaseaba con paraísos y espacios mágicos que nunca alcancé a habitar. Además, mi trashumancia por un mundo ajeno a la sensibilidad literaria, no me dejaba echar raíces, cosechar amigos, ni conocer las maravillas del arte. Incluso los maestros de escuela de aquel entonces, estaban tan alejados de la literatura, que las pocas lecturas que tuve la fortuna de realizar fueron por pura intuición o azar.

Recuerdo sobre todo, mi inesperado encuentro con La canción de Roldán, primera canción de gesta de Europa, de autor anónimo. Recuerdo que topé con ella al azar, en la casa de un amigo, después de algún juego callejero. Todavía talvez no había anochecido. De todas maneras, quizá mi rememoración quiere traicionar la realidad para que el ocaso llegue a su fin cuando la madre de mi amigo nos llame a comer, porque mis recuerdos de infancia y primera juventud tienen, a mi pesar, algo de inquietud poética. La noche nos había sorprendido absorbidos por nuestros juegos, fútbol talvez o guerra libertada. De ahí mi memoria salta a una comida en un alto balcón de madera, acompañada por una vista de las montañas cercanas, que las primeras sombras diluían, y un murmullo de pájaros y grillos que manifestaban alguna premonición nocturna. Después me recuerdo solo en un sótano, bajo un tablado de madera, leyendo a la luz de una no tan luminosa bombilla, cómo un denodado grupo de héroes procuran vencer sin tregua a un rabioso enjambre de sarracenos. Entre aquellos héroes, sobresale la noble figura de Roldán, imbatible y valiente hasta la temeridad.

La canción de Roldán posee la musicalidad y los elementos de heroísmo medieval suficientes para cautivar a un preadolescente como era yo entonces: su protagonista es un caballero dotado de una fuerza sobrehumana, capaz de soportar todos los sufrimientos físicos, morales y psíquicos posibles. Guarda una fidelidad inquebrantable a su señor, y es poseedor de la perfección necesaria para representar a una colectividad cuya existencia peligra.

Me he detenido adrede en este episodio porque fue la primera vez que mis ansiedades dieron paso al placer de la lectura. Sin embargo, mi realidad de todos los días era tan apremiante que no me permitía acercarme a los libros y disfrutar sus delicias con el debido silencio interior. Yo solo intuía, vislumbraba el portento de la poesía, y sentía dentro de mí un eco de maravilla y regocijo.

Después descubrí que mi sensibilidad necesitaba el escape de la expresión, pero que estaba maniatado por la realidad. Yo, al contrario de algunos autores que considero afortunados porque desde muy temprano supieron que sus vidas tenían un destino literario, vine a caer en el mundo de las letras por una insatisfecha y cada vez más creciente y perentoria necesidad de expresión. Ahora bien, para mí lo fundamental en el hombre es la expresión, y considero que la ambición, el afán de poder y de gloria, no son más que meras tendencias que el hombre usa para expresarse como totalidad.

Así pues, poco a poco, en medio del mucho drama y la poca comedia a que me enfrentaba la vida, fui vislumbrando mi mundo de escritor. De tal modo, escribir para mí no es una opción: es un asunto de expresión vital. Con la escritura expreso mi vida y doy forma y sentido al hombre que soy. Y bien porque rara vez la palabra haya sido dócil conmigo, bien porque me exija una paciencia de artesano, he logrado escribir tres volúmenes de cuentos: Fuga en sol menor para cuarteto imperfecto y otros cuentos, (ya publicado);dos novelas: La música del olvido (escogida entre las 10 finalistas del Premio Planeta de Novela 2008)y El guardián invisible; un volumen de poemas: La memoria del olvido, y algunos artículos para revistas y periódicos”.

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