De la resistencia a la reconciliación[1]

Elvira Sánchez-Blake

FILCOL 2018, Miami

El testimonio latinoamericano nace de una confluencia de factores que se originan en las coyunturas políticas que vivieron los países latinoamericanos a fines del siglo veinte.  El género testimonial emergió en el contexto de la revolución cubana con el texto de Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón publicado en 1966.  Pero fue en las décadas de los ochenta cuando alcanzó su pináculo, con la historia de la líder indígena guatemalteca, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia en 1984. Este relato contado por una líder indígena de 23 años tuvo el poder de despertar las conciencias de miles de personas en todo el mundo hacia la masacre de grupos indígenas que estaba ocurriendo en Guatemala por parte de la dictadura militar.  El relato de Rigoberta poseía dos elementos fundamentales: su voz representaba a una colectividad marginada en un momento de urgencia. El testimonio se convirtió en el mecanismo de denuncia de voces marginadas en medio de un conflicto.

Rigoberta Menchú en la marcha conmemorativa del aniversario de la firma del Acuerdo Paz sobre Identidad y Derechos de los pueblos Indígenas en marzo de 2009. (1) Crédito de la fotografía.

 

El testimonio se incorporó a los géneros narrativos  y en un tipo de discurso aceptado por el canon literario. Por supuesto surgieron muchas preguntas en cuanto a su carácter literario y a la validez como discurso histórico. John Beverly, uno de los más reconocidos teóricos definió así el testimonio:  “La situación del narrador en un testimonio incluye una urgencia por comunicar un problema de represión, pobreza, subalternidad, lucha por supervivencia por parte de una colectividad.” (Berverly 24-25). Como parte de este debate, se aceptó que el testimonio cubre una amplia variedad de géneros o formas narrativas: autobiografía, historia oral, etnografía, confesión, diario, entrevista, historia de vida, novela testimonial y hasta el término que todo lo abarca, ficción documental (Berverly 25).

Un aspecto singular de la escritura testimonial es la relación con el dolor o el trauma sufrido. Sobre este tema se pronuncian varios teóricos, especialmente sobre el testimonio femenino.  Cathy Caruth por ejemplo, explica que el trauma es una herida que no se ve en el cuerpo pero se siente en la mente. Al hacer la memoria  el sujeto se apodera de la historia. Esto propicia un tipo de sanación. Es decir, que la escritura testimonial ayuda a superar el dolor (Caruth 5).  Al respecto se han escrito un gran número de estudios que analizan los testimonios surgidos de las vivencias de los sobrevivientes de dictaduras en el Cono Sur y de las guerras civiles de Centroamérica.

Como ejemplos emblemáticos testimoniales se pueden citar Si me permiten hablar de Domitila Barros de Chungara, editado por la antropóloga Moema Viezzer en 1978.  El testimonio de Domitila narra la historia de los mineros bolivianos en los Andes de Bolivia. Describe las condiciones extremas de los trabajadores y la represión sufrida a manos de las corporaciones mineras y del gobierno militar. Como elemento primordial de esta historia, Domitila participó en una conferencia de mujeres en las Naciones Unidas, en la que increpó duramente a las participantes por su indiferencia hacia los problemas de injusticia y desigualdad social, poniendo de presente que no pueden existir reivindicaciones de género sin tener en cuenta esas condiciones. Claribel Alegría, una destacada poeta y escritora de Nicaragua, publicó la novela testimonial, No me agarren viva en 1984, en la que se relata la historia de una joven guerrillera del Frente Farabundo Marti de El Salvador. En esta novela testimonio, Alegría trasciende el yo del hablante para compenetrarse con el nosotros que refleja a toda una colectividad.  Otras obras de este género incluyen la novela de Elena Poniatowska, Hasta no verte Jesús mío (México, 1984).  La autora recuenta en primera persona la historia de Josefina Bohórquez, quien participa como soldadera de la Revolución Mexicana y luego como superviviente de la violencia urbana que se vive en las barriadas de la Ciudad de México. Este testimonio permite revelar la cruda realidad de las personas que viven en los márgenes en contraste con la opulencia de muchos en esta ciudad, algo que caracteriza la nación de México.

Como género, el testimonio se ha consolidado en Latinoamérica porque representa una experiencia particular de un grupo social o de un conglomerado. Los testimonios no son totalizadores y pueden ser contradictorios aun si surgen de una misma colectividad, pero para comprender su fin último, el testimonio procura un medio para cuestionar y problematizar el discurso oficial  en cuanto a una realidad que afecta a esa colectividad. En otras palabras, se convierte en una contra-escritura de la historia.

Testimonio en Colombia

En Colombia el testimonio tiene la particularidad de haber surgido después de que la mayoría de países del continente culminaron sus revoluciones, dictaduras y guerras civiles. La historia de Colombia pareciera ser de una eterna violencia y aun cuando esa violencia pudiera llegar aun término con firma de acuerdos y negociaciones de paz, surgen nuevos brotes de beligerancia. Así, cuando en varias regiones, el testimonio se daba por culminado, como declaró John Beverly a fines de los noventa, en Colombia apenas emergía. Y lo interesante es que el testimonio encuentra una población vulnerable que hace uso de este género en forma providencial. Las mujeres parecen apoderarse de esta narrativa en forma de autobiografías, etnografías y novelas históricas. No quiere decir que no existan testimonios masculinos. Vale la pena citar las obras de Alfredo Molano, Alonso Salazar Jaime Arenas y  Germán Castro Caycedo, que recogen testimonios de voces marginadas y que se ubican en ese plano intermedio entre la realidad y la ficción.

A finales de los años noventa y principios del dos mil surgen narrativas como las autobiografías testimoniales de Vera Grave, Razones de Vida (2000), y de María Eugenia Vásquez,  Escrito para no morir; Bitácora de una militancia (2000). Estas dos obras cuentan en primera persona y en forma autobiográfica la historia de excombatientes del M-19. Otros testimonios se dan en forma de entrevista, como Gloria Cuartas, ¿Por qué no tiene miedo?, editada y publicada por Marvel Sandoval en 1997. La novela de Mary Daza Orozco, Los muertos no se cuentan así (1992), un relato conmovedor que revela los asesinatos de líderes sociales ocurridos en la década de los noventa combina ficción con eventos históricos.  Ante el boom de estas narrativas femeninas, Carmiña Navia señala,

En las expresiones sobre la guerra y la paz en Colombia se ha ido configurando un tipo de texto difícil de definir porque no se deja agarrar, no se deja clasificar… Se trata de un lenguaje que si se escucha, podría revolucionar la mirada nacional sobre el conflicto ancestral que nos aqueja, porque arroja sobre él matices, luces y percepciones diferentes. (Navia 19).

Por medio de estas nuevas expresiones y semantizaciones nacidas de vivencias reales, el testimonio le otorga al lector la posibilidad de “apropiarse” de la realidad desde una perspectiva vivencial. De este modo, el testimonio se convierte en el puente entre la literatura tradicional y una forma diferente de articular una reflexión sobre la producción cultural latinoamericana (o colombiana) en las presentes circunstancias.

 

Memoria histórica

Las memorias surgen de una necesidad por analizar, comprender y semantizar un proceso histórico generado por un conflicto armado. El sociólogo francés, Maurice Halbwachs describió hace un siglo la memoria social como un acto colectivo compartido, pero que se concibe desde la memoria individual.  El teórico francés subrayó que se necesitan distintas perspectivas individuales entre versiones oficiales y no oficiales para articular la verdad de lo que pasó (citado por Louis, 2).

Existen varios tipos de memorias: memoria histórica, comunicativa o cultural, todas las cuales tienen por objeto registrar  las experiencias vivas y la historia del presente de los integrantes de una determinada comunidad.  Estos procesos de memoria lo han vivido los países que han pasado por períodos de conflictos, dictaduras, represión, guerras civiles. En Latinoamérica existen museos dedicados a la memoria creados como resultado de las Comisiones de Verdad. Estos procesos han sido fundamentales para reconciliar y sanar las heridas y para seguir adelante. Los ejemplos son Chile, Argentina, Perú y Guatemala.

En Colombia, el propósito de la construcción de memorias está definida en la Ley de reparación de Víctimas por la cual “se debe cumplir no solo el derecho a la verdad, lograr la reconstrucción de memoria histórica del conflicto, esclarecer causas y desarrollo, y contribuir a la reparación (simbólica) de los afectados, sino en últimas, lograr una convivencia pacífica y la reconciliación de una sociedad profundamente herida” (Ley 1448 del 2011).

El Grupo de Memoria Histórica, fundado en 2007[2] ha asumido esta labor.  Su misión es rescatar las memorias con el fin de entender las violencias estructurales, sus causas y manifestaciones; las relaciones entre poderes y los problemas sociales que forman parte de la historia reciente de Colombia. Además, un factor muy importante, es el de generar un relato coherente y generador de sentido. “Como práctica cultural, la memoria histórica le asigna sentido al pasado de manera que pueda servir para el presente y para el futuro” (Rüsen, citado por Louis, 3). El reto es lograr contar este relato desde las múltiples perspectivas y conciliar las voces opuestas. Especialmente, debe visibilizar aquellas voces que han sido tradicionalmente excluidas.  Debe lograr también  que estas historias sean parte de una vivencia compartida y asumida como propia, incluso para aquellos que se encuentran lejos y ajenos a los hechos.

El Grupo de Memoria se constituyó como Centro de Memoria Histórica en el año 2013. Por medio de recolección de testimonios a lo largo y ancho del país ha publicado más de 25 informes de casos emblemáticos de violencia entre 2009 y 2015, comenzando con el Basta Ya. Memorias de Guerra y Dignidad (2009). Riaño y Uribe señalan que dichos informes se han enfocado en áreas del conflicto: despojo de tierras, violencia sexual y de género, desplazamiento forzado, secuestro y desaparición forzada.  Una de las decisiones relevantes fue la de adoptar el enfoque de género como criterio transversal de análisis de los informes. Esto le permitió al grupo ampliar su mirada sobre la naturaleza y dinámicas del conflicto y sobre los impactos que deja la guerra en hombres y mujeres. “Dicho enfoque aportó argumentos para promover una nueva conciencia y una nueva sensibilidad pública frente a patrones de discriminación y violencia profundamente arraigados en la sociedad colombiana” (Riaño y Uribe 13).

Los ponentes del Conversatorio, “Testimonios literarios desde el exilio y desde la memoria histórica”, que se llevó a cabo en el marco de la Feria de servicios del Consulado colombiano el 27 y 28 de enero, tienen en común que somos todos escritores colombianos radicados en el exterior, pertenecemos a la generación de fin de siglo y escribimos desde la experiencia del conflicto colombiano. Crecimos en medio de múltiples violencias y enfrentamientos; somos parte de un fenómeno de violencia estructural asumida como parte de ser colombiano; hemos sido parte del miedo y la amenaza constante de vivir en un país en guerra o en un exilio involuntario.  El hecho de escribir desde el exterior nos permite ver desde la distancia y con una perspectiva quizás más amplia las experiencias que hemos vivido y no solo confrontarlas sino darles nombre y articularlas con una mirada más objetiva. Esto convierte nuestra escritura en testimonios de una época histórica y de un propósito común, que es el de encontrarle sentido a estas vivencias y reflejarlas en formas diversas como catarsis, como exorcismo o simplemente como redención..

Por último, la necesidad de construir memoria frente a un pasado doloroso se constituye en un ejercicio de sanación personal, de poder reconciliarse con las vivencias que nos marcaron y definieron nuestro devenir. Creo que también es una responsabilidad como agentes culturales e intelectuales en nuestro oficio y como actores de nuestra propia historia.


Crédito de la fotografía de Rigoberta Menchú: Autor: Surizar. Source: https://www.flickr.com/photos/puchica/3403685460/


Obras citadas

Beverly, John. “The Margin at the Center,” Modern Fiction Studies 35.1 (1989):11-29.

Caruth, Cathy. Trauma: Explorations in Memory. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1995.

López Baquero, Constanza. Trauma, memoria y cuerpo: El testimonio femenino en Colombia. Tempe: Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica- AILCFH, 2012.

Louis, Tatiana. “Memoria y esperanza”. Revista de Estudios Colombianos. N.50. Julio- Diciembre, 2017.

Navia Velasco, Carmiña. Guerras y paz: las mujeres escriben.  La Habana: Casa de las Américas, 2004.

Riaño, Pilar y Ma. Victoria Uribe.  “Construyendo memoria en medio del conflicto: El grupo de memoria histórica de Colombia”.  Revista de Estudios Colombianos. N.50. Julio-Diciembre, 2017.

[1] Ponencia presentada en el marco del Conversatorio Testimonios literarios desde el exilio y desde la memoria histórica de la nación. FILCOL, Miami, 27-28 de enero, 2018.

[2] El Grupo de Memoria Histórica se creó como  resultado de una disposición de Justicia Transnacional de la Ley 975 del 2005 de Justicia y Paz que reguló el proceso de desmovilización de los paramilitares vinculados a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). La ley 975 creó y definió las funciones del Grupo de Memoria Histórica, encargado de recopilar información tendiente a esclarecer la verdad, la difusión de los graves hechos de violencia en su  magnitud y sistematicidad. La ley declara el derecho de las víctimas y de la sociedad de conocer la verdad. El artículo 56 de la Ley 975 trata sobre el “deber de preservar la memoria histórica que le corresponde al Estado”.

 

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