Creación literaria

Los sapos del manglar, cuya faena era mantener el orden de la laguna, tenían un grave problema con las mariposas. No sabían qué hacer con ellas.


¿Quién no quiere una niñera que convierte la tina en un hermoso océano lleno de delfines? Así cualquier niño se mete a bañar sin rezongar. ¿Quién no quiere una nana que nos saque a media noche a bailar con los faroleros?


Ahora por fin comprendo, a mis sesenta y tres años, que mi padre estaba equivocado cuando decía: «A la fuerza ni los zapatos entran, m’hija». Así me advertía de niña, arrullándome en la hamaca, a la sombra del framboyán, cuando caía la noche.


Lucía disfruta del verano con la picardía y entusiasmo característico de los niños; su fascinación por trepar árboles y saborear de un delicioso mango biche (verde) con limón y sal, es tradicional en el Valle del Cauca (Colombia).


Para ser honesto no sé muy bien qué pudo suceder. O más bien cómo. Da igual. Escribo esta carta por si alguien la encuentra y se puede organizar el rescate. Lo hago a las apuradas, porque presiento que está por engullirme otro remolino.


Eran las 3:00 de la mañana en la casa vieja del barrio Loynaz. Mateo escribía todas las noches desde hace años, por lo general acompañaba la tarea escuchando música barroca. El bajo continuo de esa música le ayudaba a concentrarse, mantener la cadencia de su poesía y a combatir el sueño.


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Por Marina Araújo   Va a nacer el niño y órdenes de acero lanzó en previsión José el carpintero.   Y frente al pesebre parado en la puerta se ha quedado él atento y alerta.   Ha dicho muy serio: ―El COVID no es juego y nadie entrará si alcohol […]